Capítulo 20
- Abuela, el abuelo acaba de salir del hospital.
Creo que debemos ir despacio. La clínica no se va a ir a ninguna parte.
- Ya veremos, ya veremos. -Matilde bostezó discretamente-. Pero me alegra que hayas encontrado a alguien así, hijo. Alguien real.
Alexander sintió un nudo en la garganta. "Real". Si supiera que todo era un contrato blindado.
- El abuelo ya está dormido-dijo él, poniéndose de pie y besando la frente de la anciana-. Los voy a dejar descansar. También voy a descansar yo.
Mañana será un día largo con la fiesta.
- Descansa, mi amor. Y dale un beso a tu esposa de mi parte.
Alexander salió de la habitación con el corazón extraño. Sentía una mezcla de gratitud hacia Lucía por tratar bien a sus abuelos y una irritación creciente por lo rápido que se había infiltrado en sus afectos. Era peligroso. Si su familia se encariñaba demasiado, el divorcio futuro sería un duro golpe emocional.
Al llegar a la puerta doble de su habitación, dudó un segundo antes de girar el pomo.
Entró.
Las luces principales ya estaban apagadas. No se escuchaba ni un sonido, salvo el zumbido casi imperceptible del aire acondicionado.
Alexander cerró la puerta con suavidad y se quedó quieto, esperando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.
Lucía estaba en la cama.
Su figura formaba un buito pequeño bajo el edredón de seda en el lado izquierdo del inmenso colchón. Alexander sintió un alivio extraño al ver que ella estaba allí y no se había escapado por la ventana.
Se dirigió al baño con pasos sigilosos. Se desvistió y se metió en la ducha. El agua caliente golpeó sus músculos tensos, pero no logró lavar la confusión de su mente.
Normalmente, Alexander dormía en bóxer. Era su casa, su habitación, su comodidad. Pero mientras se secaba con la toalla gruesa, miró hacia la puerta cerrada del baño. Al otro lado había una mujer que le había dejado muy claro que no quería compartir cama, ni intimidad.
Resopló, molesto consigo mismo por ser considerado.
-Ridículo -masculló.
Abrió el cajón donde Fanny había guardado su ropa y sacó un pijama de pantalón largo de algodón y una camiseta gris. Se vistió. Se sentía estúpido, como un adolescente en un campamento puritano, pero no quería asustar a su "querida esposa" si se despertaba a mitad de la noche para ir al baño. O peor, no quería darle motivos para que ella le dijera: "Te lo dije".
Salió del baño, apagando la luz tras de sí.
La habitación estaba en calma absoluta.
Alexander caminó hacia la cama. Una fuerza magnética lo empujó hacia el lado donde ella dormía.
Se acercó despacio.
Te extraño, Luci.
El diminutivo. La hora.
Todo gritaba intimidad.
Todo gritaba secreto.
Damián le había dicho que no había nadie. Que Lucía era una santa, una monja dedicada a la ciencia y a la caridad. Que el tal Luis estaba en la "friendzone".
¿Entonces quién demonios le escribía "te extraño" a su esposa a las once de la noche?
Los celos, fríos y venenosos, se enroscaron en su estómago. No eran los celos de un esposo enamorado, se dijo a sí mismo. Eran los celos de un propietario. Ella llevaba su anillo. Ella vivía en su casa. Ella estaba durmiendo en su cama Miró a Lucía de nuevo. Ya no parecía un ángel vulnerable. Ahora le parecía una actriz consumada.
- Así que no hay nadie, ¿eh? -susurró Alexander en la oscuridad, con la mandíbula apretada.
Se alejó de la cama como si quemara.
Caminó hacia la sala de estar anexa, tomó una manta del baúl y se tiró en el sofá de cuero. Estaba duro e incómodo, tal como él le había advertido a ella, pero en ese momento prefería dormir sobre clavos que acostarse al lado de una mentirosa.
Se quedó mirando el techo, con la furia bullendo en su sangre.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.