Capítulo 191
- Y hay otra cosa -dijo Alexander, con un brillo de orgullo en los ojos-. Algo que sé que te va a alegrar. Hoy en la mañana firmamos un contrato.
-¿Con los japoneses?
- No. Con Javier Zambrano.
Lucía se quedó paralizada. Recordó la discusión en su oficina, su insistencia en salvar la empresa de camiones, y cómo Alexander se había opuesto al principio.
-¿Lo hiciste?
- Finalmente nos hemos asociado con Zambrano y sus camiones -confirmó Alexander-. No compramos sus activos para liquidarlos. Hicimos una joint venture. Inyectamos capital para renovar la flota, mantuvimos a todos los conductores y Zambrano sigue como gerente de operaciones de esa división.
- Alexander... -Lucía sonrió, emocionada-. Eso es maravilloso.
- Es un buen negocio -se apresuró a aclarar él, aunque la sonrisa lo delataba-. Sus rutas son valiosas. Pero... sí. Es algo muy bueno para ese hombre y su empresa familiar de tantos años.
Lloró cuando firmamos, Lucía. Nunca había visto a alguien llorar en una sala de juntas por alegría.
- Ves -dijo ella suavemente-. Los negocios con corazón también funcionan.
- Tenías razón. -Alexander la miró fijamente-.
En eso, y en muchas otras cosas. Estoy aprendiendo, Lucía. Lento, pero aprendo.
En ese momento, la puerta del consultorio se abrió y Camila salió con el perro, que traía un vendaje nuevo y limpio de color azul brillante.
- Listo para irse a casa -anunció Camila-. Se portó de maravilla.
Alexander tomó la correa. El perro se refregó contra sus piernas.
- Gracias, Camila.
Lucía se acercó para acariciar al animal una última vez.
- Te queda bien el azul -le dijo al perro-. ¿Ya pensaste en el nombre, Alexander? No puedes seguir llamándolo "Amigo" o "Perro". Necesita una identidad.
Alexander miró al animal y luego a Lucía. Su expresión se volvió seria, vulnerable.
- No -respondió-. No le he puesto nombre todavía.
-¿Por qué?
- Estoy esperando -dijo él, con voz baja-. Estoy esperando a que Mateo y Sofía comenten sus propuestas.
El nombre de los niños cayó entre ellos como una barrera invisible pero palpable. Lucía se enderezó, retirando la mano del perro. Su rostro se cerró ligeramente.
- Alexander...
- Quiero que ellos lo nombren, Lucía. Quiero que sientan que es su perro también.
- No estoy segura de que sea buena idea que los veas, Alexander -dijo ella, protegiéndose y protegiéndolos-. Ya hablamos de esto. Ellos están bien en el orfanato, están tranquilos. Volver a verte... volver a ilusionarlos con que eres parte de su vida cuando no has firmado los papeles de adopción... es cruel.
- No quiero ilusionarlos falsamente -insistió él-.
Dice: "Convocatoria Familiar Obligatoria".
- A mí también -dijo Alexander, abriendo el mensaje-. "Se requiere su presencia mañana a las 9:00 AM en la oficina de Presidencia de la Vegacorp. Sin excusas. Sin retrasos." Lucía levantó la vista, preocupada.
- Alexander, ¿de qué se trata? ¿Pasó algo con su salud? ¿Es por la renuncia?
- No tengo idea -admitió él, releyendo el mensaje -. El abuelo ha estado muy callado estos días. Si nos cita en la oficina significa que está tramando algo. Augusto no convoca reuniones para tomar té.
- Dice "toda la familia" -señaló Lucía-. Eso incluye a Rodrigo, a Elisa...
- Y a nosotros.
Alexander guardó el teléfono y miró a Lucía con intensidad. La invitación del abuelo era un mandato, pero también era una oportunidad. Una oportunidad para estar juntos en el mismo espacio, obligados por la autoridad patriarcal.
- Me acabo de enterar de la cita de mañana igual que tú -dijo Alexander-. Pero si el abuelo llama, hay que ir. ¿Vas a venir? -preguntó, con un matiz de esperanza-. Sé que renunciaste, pero técnicamente sigues siendo accionista por matrimonio y... bueno, él te quiere allí.
Lucía miró el correo una vez más. Sabía que no podía negarle eso a Augusto. Él había sido el único que había creído en ella sin reservas.
-Iré -decidió-. Por él.
- Bien -dijo Alexander-. Entonces... ¿te pasoа buscar? Podemos ir juntos.
-Está bien -dijo ella-. Pasa por mí a las ocho y media. Pero no llegues tarde.
Alexander sonrió.

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