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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 194

Capítulo 194

CAPÍTULO 120

El traslado desde Vegacopr hasta la Clínica Privada fue un borrón de luces azules, sirenas aullando y el sonido metálico de las camillas rodando sobre el asfalto.

Augusto De la Vega ingresó directamente a la Unidad de Cuidados Intensivos Coronarios. Las puertas batientes se cerraron tras él, separando al patriarca del resto de su clan con una finalidad aterradora.

Nadie pudo pasar.

Las enfermeras, con su eficiencia blindada, detuvieron el avance de la familia en el mostrador de recepción.

-Solo la esposa -dijo el médico jefe, un hombre canoso que conocía el historial de Augusto de memoria-. Lo siento, señores. El resto debe esperar afuera.

Matilde asintió, pálida pero entera, y desapareció tras las puertas prohibidas sin mirar atrás, dejandoa sus hijos y nietos en el limbo de la incertidumbre.

Las horas comenzaron a arrastrarse.

La mañana se convirtió en mediodía. No hubo noticias.

En la sala de espera, Alexander caminaba de un lado a otro, incapaz de sentarse. Su mente, habituada a resolver problemas con lógica y dinero, chocaba contra la pared de la impotencia biológica. No podía comprar la salud de su abuelo.

No podía negociar con la muerte.

Lucía estaba sentada en uno de los sillones, a diferencia de Alexander, ella conocía el ritmo de los hospitales; sabía que la ausencia de noticias a veces era la única noticia.

De repente, Lucía miró su reloj y luego miró a Alexander. Él se detuvo al sentir su mirada y se acercó.

Hubo un entendimiento silencioso entre ellos, una comunicación que no necesitaba palabras, nacida de las últimas semanas de convivencia y intimidad.

- Tienes que irte -dijo Alexander en voz baja, rompiendo el silencio-. ¿Verdad?

Lucía asintió, mordiéndose el labio inferior con culpa.

- Tengo dos cirugías programadas para la tarde, Alexander. Y Luis... Luis no puede hacerlo solo.

Alexander le puso una mano en el hombro, apretando suavemente. No había reproche en sus ojos, solo una comprensión profunda del deber.

- Ve. No tiene sentido que los dos estemos aquí mirando una puerta cerrada.

-¿Quieres que te lleve? -preguntó Alexander.

- No hace falta. Tomaré un taxi afuera. Quiero estar informada de lo que suceda y del estado del abuelo, por favor. Cualquier cosa, Alexander. Si pestañea, si respira mejor... avisame.

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