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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 198

Capítulo 198

CAPÍTULO 122

Había pasado una semana exacta. Desde aquella mañana fatídica en el hospital, el silencio en torno al estado de Augusto se había convertido en una pared impenetrable. Matilde seguía atrincherada en la clínica privada, filtrando la información con cuentagotas, manteniendo a sus hijos y nietos en un limbo de incertidumbre que, irónicamente, había logrado lo que décadas de gestión empresarial no habían podido: la paz.

En la Vegacorp, contra todo pronóstico y lógica, había sido una buena semana. Una semana extrañamente armoniosa.

La amenaza de Matilde de desheredarlos a todos, sumada al miedo real de perder al patriarca, había actuado como un pegamento de emergencia.

Los cuatro hombres -Ricardo, Roberto, Rodrigo y Alexander- habían logrado sentarse en la misma mesa sin gritarse, sacando adelante los contratos pendientes y estabilizando el precio de las acciones.

Sin embargo, para Alexander, el verdadero trabajo importante no ocurría en ese edificio, sino en la veterinaria.

Esa tarde, Alexander salió del consultorio con el perro -que ya caminaba con una soltura notable sobre sus tres patas- y la correa en la mano.

Lucía caminaba a su lado, secándose las manos con una toalla de papel, con una expresión que mezclaba la satisfacción profesional con una tristeza personal que intentaba ocultar.

Se detuvieron en la recepción. Alina, como siempre, estaba en su puesto de observación, fingiendo ordenar unos collares antipulgas pero sin perderse un solo detalle de la interacción.

- Listo-dijo Lucía, rompiendo el silencio-. La herida ha cerrado completamente, Alexander. El tejido está sano, no hay signos de infección y ya apoya el peso sin dolor.

Alexander miró al perro y luego a Lucía. Sabía lo que venía.

- Eso es... una excelente noticia.

- Lo es. -Lucía se cruzó de brazos, apoyándose en el mostrador-. Lo que significa, Alexander, que ya no ocupa nada. No necesita curaciones diarias, ni revisiones, ni vendajes. Está dado de alta. Es un 1

perro sano y feliz.

Alexander asintió lentamente, acariciando la cabeza del animal para tener algo que hacer con las manos.

- Entiendo. Supongo que... supongo que ya no tenemos motivos para venir a molestara la doctora.

- Nunca es una molestia -dijo Lucía suavemente, pero mantuvo la línea-. Pero él está bien. Solo necesita comida, paseos y cariño en casa. Ya no necesita medicina.

Alexander la miró a los ojos, buscando una invitación, una prórroga, algo que le dijera "vuelve mañana aunque no tengas excusa". Pero Lucía se mantuvo en su papel de profesional.

-Bien -dijo él, con la voz un poco más ronca de lo habitual-. Gracias, Lucía. Por todo. Por salvarlo.

- Es mi trabajo.

- Nos vemos... -Alexander dudó. Ya no podía decir "nos vemos mañana"-. Nos vemos pronto.

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. El perro, confundido por la despedida abrupta, pero siguió a su nuevodueño.

La puerta se cerró.

Lucía se quedó mirando la puerta cerrada, con la sensación de que el aire se había vuelto repentinamente más pesado en la habitación.

- Bueno -dijo Alina-, eso fue deprimente.

Lucía se giró, caminando hacia su oficina para buscar sus cosas.

- Fue un alta médica, Alina. El perro está bien. Eso es lo importante.

- Sí, claro. El perro está fantástico. El que parecía que lo habían atropellado era al dueño. -Alina la siguió-. ¿Viste su cara? Parecía un niño al que le dicen que se acabó el recreo.

- Ya no tiene excusas para venir, Alina. Era absurdo seguir curando una herida que ya cerró.

Al despedirse, Alina se apoyó en el marco de la puerta de la oficina de Lucía y soltó una carcajada seca.

- Sí. La señora Miranda presentó el informe preliminar corregido. Dijo que la crisis familiar parece haberse estabilizado y que mi entorno es seguro. El próximo mes ya comenzaremos de nuevo la revinculación con Mateo y Sofía.

Alina aplaudió en silencio.

- ¡Eso es genial!

- Lo es. Vamos a empezar despacio. Visitas de fin de semana, tal como estaba planeado. Y esta vez... esta vez Alexander no va a ser un obstáculo.

Él cumplió su parte. Pagó los abogados, habló con Miranda, y se mantuvo al margen como le pedí. Ha respetado mis limites.

- Entonces... -Alina la miró con picardía-. Si ya lo perdonaste, y si los niños van a volver... ¿qué te detiene? ¿Por qué lo dejaste irse hoy con esa cara de perro apaleado?

Lucía miró hacia la ventana, donde la noche ya había cubierto la calle.

- Recuerdo que la última vez que hablamos de Alexander, en aquel café, yo te dije que iba a ir por él. Que estaba decidida a intentarlo.

- Sí, lo recuerdo. Dijiste que te habías enamorado.

- Y esa misma noche todo explotó. Pasaron muchas cosas desde ese café, Alina. Siento que cada vez que nos acercamos, algo se rompe. Y no quiero que se rompa nada más.

- Pero si no te arriesgas, se terminará de romper -dijo Alina con sabiduría práctica-. Él te está esperando, Lucía. Ha venido aquí siete días seguidos con la excusa más tonta del mundo solo para verte cinco minutos. Eso no lo hace un hombre que quiere un contrato. Eso lo hace un hombre que está enamorado.

Lucía se levantó y tomó su bolso.

- Lo sé.

Caminaron juntas hacia la salida. Apagaron las luces de la clínica, dejando todo en penumbras.

-¿Crees que vendrá mañana? -preguntó Alina mientras cerraba la reja de seguridad.

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