Capítulo 199
CAPÍTULO 123
Alina, sentada en una silla giratoria, limándose una uña rota, rompió el silencio.
- Si sigues mirando la puerta con esa intensidad, vas a derretir el vidrio, Lu.
- No estoy mirando la puerta -mintió Lucía, apartando la vista-. Estoy... pensando en la reestructuración de la farmacia.
- Ajá. Claro. Y yo soy experta en física cuántica.
Alina se rió-. Admítelo. Esperas que venga. Y yo también, para ser honesta. Si no aparece hoy, le pierdo la fe a la humanidad masculina.
En ese preciso instante, el sonido de un claxon resonó en la calle.
Lucía salió de detrás del mostrador casi corriendo, olvidándose de su pose de indiferencia. Alina la siguió, curiosa.
Al abrir la puerta, Lucía se encontró con una visión que desafiaba toda lógica.
Frente a la clínica estaba la enorme SUV negra de 1/6
Alexander, pero lo sorprendente no era el vehículo, sino las personas que estaban dentro.
La ventanilla del conductor bajó lentamente, revelando a Alexander. Llevaba gafas de sol, una camiseta polo informal y una sonrisa de satisfacción que le iluminaba el rostro habitualmente serio.
- Buenas tardes, doctora -saludó él con un encanto descarado-. Vengo por una urgencia.
- ¿Qué urgencia? -preguntó Lucía, acercándose al coche, confundida.
- Una urgencia de aburrimiento extremo - respondió él.
Entonces, las ventanillas traseras bajaron al unísono y el caos se desató.
-¡Lucía! ¡Tía Lucía!
- ¡Sorpresa!
Lucía se llevó las manos a la boca, ahogando un grito.
En el asiento trasero, apretados pero felices, no solo estaban Benicio y Thiago, sus sobrinos políticos. Junto a ellos, con los cinturones de 2/6
seguridad puestos y sonrisas de oreja a oreja, estaban Mateo y Sofía.
Y en el maletero, asomando la cabeza por encima de los asientos, jadeaba felizmente el perro de tres patas.
- ¡Venimos por ti! -gritó Benicio, saludando con la mano.
- Hoy los voy a compensar por ese día perdido de cine -anunció Alexander, mirándola por encima de sus gafas-. Y como el cine es oscuro у aburrido para un día de sol... se me ocurrió un plan mejor. Súbete.
- ¿Cómo...? -balbuceó Lucía-. ¿Cómo conseguiste que Mateo y Sofía estén aquí?
Alexander se encogió de hombros, restándole importancia a su hazaña logística.
- Tengo mis encantos, Lucía. Y el número de teléfono de la Madre Superiora. Le expliqué que era una excursión familiar. No los secuestré, no te preocupes. Tengo los permisos firmados en la guantera.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.