Capítulo 21
CAPÍTULO 13
Lucía se despertó despacio, estirando los músculos bajo las sábanas de seda gris. Para su propia sorpresa, había dormido profundamente, mucho mejor de lo que esperaba en una cama extraña y en una casa que se sentía como un escenario de teatro.
Miró el reloj digital en la mesita de noche: las 6:00
en punto. Su reloj biológico era infalible.
Con los ojos aún entrecerrados, extendió la mano hacia el otro lado de la inmensa cama, esperando encontrar... algo. No sabía qué. Quizás calor corporal, quizás una almohada barrera. Pero sus dedos solo tocaron la frialdad de la sábana estirada.
No había nadie.
Lucía se incorporó de golpe, apartándose el cabello de la cara. La cama a su lado estaba intacta.
- ¿Alexander? -susurró a la habitación vacía.
No hubo respuesta. El silencio era absoluto.
Lucía se levantó y sus pies descalzos se hundieron en la alfombra. Recorrió con la mirada el dormitorio, que tenía el tamaño de un apartamento promedio en el centro de la ciudad. Entonces lo vio: en la pequeña sala de estar anexa, en uno de los sofás de cuero, había una manta de lana hecha un ovillo desordenado y un cojín.
Lucía sintió una mezcla de alivio y culpа.
- Así que durmió aquí -murmuró.
Realmente había cumplido su palabra. A pesar de su arrogancia y de sus amenazas juguetonas, Alexander había respetado su espacio.
Pero él ya no estaba. Se había ido sin despertarla, sin dejar una nota, como un fantasma que huye del amanecer.
Lucía caminó hacia la mesita de noche para tomar su teléfono celular. La pantalla se iluminó con varias notificaciones. Un mensaje llamo su atención.
Mateo [Te extraño, Luci ] Una sonrisa tierna se dibujó en los labios. Escribió una respuesta rápida, sabiendo que el niño la leería antes de ir a la escuela.
[Yo también te extraño, mi amor. Pórtate bien en la escuela] Se dio una ducha rápida y se e vistió con su uniforme.
Cuando bajó la inmensa escalinata hacia el vestíbulo, se sentía una intrusa en su propia casa.
Todo era demasiado grande, demasiado silencioso.
- Adelante -bramó la voz del anciano.
Lucía entró. Augusto De la Vega estaba sentado tras un escritorío que parecía sacado de una película de época, rodeado de papeles y con una expresión de pocos amigos.
- Buenos días -saludó ella, entrando con paso firme.
La cara de Augusto cambió al instante. La nube de tormenta se disipó.
- Oh, querida. Ya estás despierta. Pasa, pasa.
- Sí, señor. Ya me estoy yendo a trabajar -explicó ella, acercándose-. Fanny me dijo que le preguntaba por mí.
- Cierto que trabajas -dijo Augusto, mirándola con una mezcla de extrañeza y admiración, como si observara a una especie exótica-. Estoy acostumbrado a la esposa de mi otro nieto, Victoria. Esa mujer no hace nada más que ir al gimnasio y comprar zapatos que no usa. Es refrescante ver a una mujer productiva en esta familia.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo y entró la enfermera de turno, una chica joven que parecía aterrorizada, trayendo una bandeja con un vaso de agua y varias pastillas.
- Aquí tiene su medicación, señor -dijo la chica con un hilo de voz-, para que se lo tome.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.