Capítulo 22
Augusto frunció el ceño y abrió la boca para protestar, pero Lucía se adelantó. Tomó el vasito de las manos de la enfermera con suavidad y se lo tendió al abuelo.
- Sin quejas, Augusto -dijo ella, con tono dulce pero autoritario-. Recuerde nuestro trato.
Pastillas ahora, salud de hierro después. Y esta noche tenemos una fiesta, necesita estar en plena forma para bailar, ¿o no?
Augusto la miró, refunfuñó algo ininteligible, pero tomó las pastillas y se las tragó sin chistar. La enfermera miró a Lucía como si fuera una santa milagrosa y salió corriendo de la habitación.
- Y mi nieto... -preguntó Augusto, limpiándose la boca con una servilleta-, ¿por qué no está contigo? ¿Sigue durmiendo ese vago?
- Me levanté y ya no estaba -respondió Lucía con honestidad-. Salió más temprano. Supongo que tenía asuntos urgentes en la empresa para preparar su regreso.
- Mmm. Siempre trabajando, igual que su padre.
-Augusto la observó mientras ella se acomodaba el bolso-. ¿Y cómo te vas a ir?
- Oh. No se preocupe. Me tomaré un taxi ahí afuera. Vi que pasan varios por la avenida principal.
Augusto soltó una carcajada seca, como si ella hubiera contado un chiste absurdo.
- ¿Un taxi? ¿La esposa de Alexander De la Vega en un taxi de la calle? ¡Ni hablar! ¡No, no, nada de eso!
-Augusto, es solo un transporte...
-Es una cuestión de seguridad y de imagen, niña.
-Augusto tocó un timbre en su escritorio-.
Fanny, pidea alguno de los choferes que prepare el coche para la señora. Y que la lleve a donde tenga que ir.
Lucía intentó protestar, pero Augusto levantó una mano.
- ¿Dónde queda ese trabajo tuyo?
- En el barrio Los Olivos. Es la Clínica Veterinaria Flores.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.