Capítulo 212
CAPÍTULO 131
Se levantó de la mesa. Sus piernas se sentían pesadas. Caminó hacia la zona restringida, el pasillo lateral que llevaba a los camerinos VIP. El guardia de esa zona lo reconoció y lo dejó pasar con un asentimiento discreto. Mateo era el cliente que mejor propina dejaba y el que menos problemas causaba.
Llegó a la puerta del camerino.
Esperó.
Escuchó el sonido del agua corriendo, luego silencio.
La puerta se abrió.
Samanta salió. Ya no llevaba la túnica de gasa.
Vestía unos jeans ajustados, botas militares y una chaqueta de cuero grande que parecía de hombre.
Se había quitado parte del maquillaje teatral, revelando un rostro más joven, más cansado y con unas pecas que el escenario ocultaba.
Se detuvo al verlo apoyado en la pared opuesta. No pareció sorprendida, pero sí resignada. Se cruzó de brazos, abrazando su bolso contra el pecho.
- Buenas noches, Samanta -dijo Mateo. Su voz sonó más grave de lo que esperaba.
Ella lo miró con esos ojos oscuros que parecían haber visto demasiadas cosas para su edad.
- Mateo -respondió ella. Su voz era ronca, con un matiz de humo-. Gracias por venir a verme. Con tanta devoción. Como siempre.
- Sabes que no me lo perdería.
- Lo sé. Eres mi mejor público. O al menos, el más silencioso.
Samanta hizo ademán de caminar hacia la salida de empleados, pero Mateo se interpuso suavemente en su camino.
- Samanta... espera.
Ella se detuvo y suspiró, echando la cabeza hacia atrás.
- Mateo, por favor. Estoy cansada. Me duelen los pies y solo quiero ir a casa.
- Solo quiero hablar. Cinco minutos. -Mateo dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio vital con una urgencia que no pudo controlar-. Necesito...
necesito que hablemos de verdad. No solo saludos de pasillo.
- No hay nada de qué hablar -dijo ella, desviando la mirada-. Tú vienes, miras, bebes tu whisky caro y te vas a tu torre de marfil. Yo bailo, cobro y me voy a mi realidad. Ese es el trato. Funciona. No lo arruines.
- No quiero arruinarlo. Quiero cambiarlo.
- No se puede cambiar -dijo ella con firmeza-.
Mateo... me encanta que vengasa verme. De verdad.
En este lugar lleno de viejos verdes y tipos que creen que pueden comprarme, me encanta abrir los ojos en el escenario y ver que estás aquí, en tu mesa, mirándome como si fuera... no sé, arte. Me hace sentir segura.
Samanta lo miró a los ojos, y por primera vez, Mateo vio una grieta en su armadura.
- Pero sabes que no puedo aceptar algo más. No puedo ser lo que tú quieres que sea fuera de ese escenario.
- Todavía no me dejaste decirte mi propuesta - insistió Mateo, desesperado. Sentía que se le escapaba entre los dedos como agua.
- No lo quiero saber, Mateo -lo cortó ella, negando con la cabeza-. Porque si me la dices, tendré que decirte que no, y entonces dejarás de venir. Y, egoístamente, no quiero que dejes de venir.
Eres lo único limpio que tengo aquí.
-¿Limpio? -Mateo soltó una risa amargaQuiero cuidarte. Quiero sacarte de aquí. Tengo los medios. Puedo...

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.