Capítulo 211
CAPÍTULO 130
Mateo De la Vega estaba sentado tras el escritorio que. Firmó el último documento del legajo de la fusión de energías renovables con un trazo rápido y agresivo. Cerró la carpeta y la dejó en la pila de finalizado.
Se frotó los ojos con el pulgar y el índice, sintiendo el ardor del cansancio y de las luces artificiales. Su padre se había ido horas antes, después de esa charla incómoda donde la preocupación paternal se había sentido más como una auditoría personal.
<¿Qué estás buscando en ese club nocturno?»>, le había preguntado Alexander.
Mateo se levantó y caminó hacia el ventanal. Su padre creía que Mateo buscaba rebelión, o quizás el olvido etílico que él mismo había perseguido en su juventud. Pero Alexander se equivocaba. Mateo no buscaba olvidar. Buscaba recordar algo que nunca había vivido.
Miró su reloj de muñeca, que había sido un regalo de graduación de su madre.
Las 22:30.
Su corazón dio un vuelco, acelerándose con una mezcla de anticipación y pánico.
- M****a -susurró.
Ya era hora. Si no se apuraba, llegaría tarde. Y llegar tarde significaba perderse el principio. Significaba perderse la magia.
Mateo tomó su saco, apagó las luces de su despacho y salió hacia el ascensor privado. Mientras la cabina descendía en caída libre hacia el subsuelo, se aflojó la corbata y se desabrochó el primer botón de la camisa.
Condujo su coche deportivo negro con una urgencia que rozaba la imprudencia. Atravesó el distrito financiero, cruzó el puente y se adentró en e!
distrito nocturno, donde las luces de las oficinas daban paso a los neones parpadeantes de los bares, los teatros y los clubes exclusivos.
El Club Velvet no era un antro cualquiera. Era un establecimiento de lujo decadente, diseñado para parecer un cabaret de los años veinte, con cortinas de terciopelo rojo, humo de hielo seco y una política de privacidad tan estricta que ni siquiera los paparazzi se atrevían a acampar en la puerta.
Mateo llegó a las 22:50.
Dejó las llaves al valet parking sin mirarlo y caminó hacia la entrada discreta, custodiada por dos hombres.
-Buenas noches, Señor de la Vega -saludó el jefe de seguridad, un hombre llamado Rocco, asintiendo con la cabeza como si saludara a un viejo conocido.
-Rocco -respondió Mateo, deslizando un billete de cien dólares en su mano con una naturalidad aprendida, no por soborno, sino por costumbre.
Entró.
El cambio de atmósfera fue instantáneo. El aire estaba perfumado con sándalo, jazmín y alcohol caro. La iluminación era tenue, casi inexistente, diseñada para ocultar pecados y resaltar fantasías.
Mateo no tuvo que pedir mesa. El maitre, al verlo, le hizo un gesto discreto y lo guió a través del laberinto de mesas ocupadas por hombres de negocios, políticos y celebridades que buscaban anonimato.
Lo llevó a la mesa cinco. Su mesa.
Estaba ubicada en una posición estratégica: lo suficientemente cerca del escenario para ver cada detalle, pero lo suficientemente resguardada en las sombras para no ser el centro de atención.
Mateo se sentó. Un camarero apareció al instante con su trago habitual.
-Gracias -murmuró Mateo, sin apartar la vista del telón cerrado de terciopelo carmesí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.