Capítulo 223
CAPÍTULO 141
La entrada del Club Velvet estaba custodiada por dos hombres que parecían armarios empotrados en trajes oscuros, con auriculares en las orejas y listas digitales en sus tablets. La música y el humo salían en ráfagas cada vez que las gruesas puertas se abrían.
El grupo de cuatro, liderado por la confianza ciega de Thiago, se acercó directamente al cordón rojo, saltándose la fila de más de cincuenta personas que protestaron en voz baja.
- Buenas noches -dijo Thiago, dirigiéndose al jefe de seguridad de la entrada, un hombre de rostro marcado llamado Rocco-. Mesa para cuatro.
Zona VIР.
Uno de los hombres levantó la vista de la tablet, los escaneó en un segundo y negó con la cabeza, bloqueando el paso con su cuerpo masivo.
- Buenas noches. El lugar está a su máxima capacidad. No hay mesas disponibles en ninguna zona y la lista de acceso está cerrada. No pueden pasar.
Thiago, poco acostumbrado a escuchar la palabra "no", frunció el ceño y metió la mano en el bolsillo interior de su saco.
- Creo que no nos estamos entendiendo. Nos vas a conseguir una mesa para los cuatro.
Sacó una tarjeta negra metálica y la sostuvo entre dos dedos, una tarjeta de crédito negra donde se leía el apellido de la Vega. Pero el hombre apenas miró la tarjeta.
- Señor De la Vega, me importa muy poco si es el dueño del banco. Por órdenes de superiores, no entra un alma más. Les sugiero que busquen otro lugar.
Benicio dio un paso adelante, ofendido por el trato hacia su hermano.
- Oye, viejo, venimos siempre aquí. Haznos un hueco. Hay gente saliendo en este momento.
Sofía también se tensó. Ella era la menos dada a usar su apellido para exigir privilegios, pero esta noche era diferente. Esta noche no quería entrar a tomar champagne; quería entrar porque estaba segura de que su mellizo estaba ahí dentro.
- Necesitamos entrar -intervino Sofía, con una dureza que sorprendió a sus primos-. Es urgente.
Tenemos a alguien adentro que debemos ver.
Rocco cruzó los brazos, inamovible como una pared de granito.
- Si tienen a alguien adentro, que salga a verlos.
Aquí no entra nadie.
Karla, que había estado observando la interacción con los brazos cruzados para protegerse del frío de la noche, soltó un suspiro de exasperación.
- Thiago, por favor -dijo la mujer, con voz aburrida y un toque de desdén-. No hagamos un espectáculo en la calle. Este club ni siquiera se ve tan bueno. La decoración de la entrada es de mal gusto y el personal es grosero. Cambiemos de lugar.
La propuesta era lógica, pero los primos tenían otras intenciones que Karla desconocía. Thiago quería demostrar su estatus. Benicio quería la fiesta. Y Sofía quería a Mateo.
- No nos vamos a ir -dijo Thiago, alzando la voz, lo que provocó que los clientes en la fila comenzarana murmurar y señalar-. Llama al gerente. Ahora mismo.
Se armó un revuelo en la puerta. Los tonos de voz subieron. Benicio empezó a discutir con el otro guardia de seguridad, y Sofía miraba hacia el interior cada vez que la puerta se abría, buscando la silueta de su hermano en la penumbra del club.
Lo que ninguno de los cuatro herederos de la Vega notó fue que la conmoción en la entrada no había pasado desapercibida para unos ojos que observaban desde las sombras del callejón adjunto.
Héctor -o Julian Vince, el nombre que había adoptado hacía dos décadas- estaba fumando un cigarrillo negro, recostado contra la pared de ladrillo. Estaba esperando su porcentaje de las ganancias de otra de las bailarinas a las que "representaba", cuando escuchó el inconfundible apellido flotar en el aire frío.1
<De la Vega».
Héctor giró la cabeza. Sus ojos, afilados por años de supervivencia y resentimiento, enfocaron alos jóvenes que discutían en la puerta.
El aire se le atascó en los pulmones.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.