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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 224

Capítulo 224

CAPÍTULO 142

Samanta estaba sentada frente al espejo de su camerino, aplicando una fina capa de polvo traslúcido sobre sus pómulos.

A su alrededor, ocupando cada silla, mesa y rincón disponible, se apilaban enormes y ostentosos ramos de flores. Rosas rojas de tallo largo, orquídeas blancas importadas, lirios exóticos. Junto a ellos, pequeñas cajas de terciopelo de joyerías reconocidas y botellas de champán que costaban más que el alquiler anual de su modesto apartamento. Eran los regalos de los hombres que se sentaban en la oscuridad del club, intentando comprar con dinero lo que ella solo ofrecía a través de la danza.

Samanta se estaba preparando para su show. Dejó la brocha sobre el tocador y, con un suspiro que delataba su cansancio, comenzó a abrir las pequeñas tarjetas que acompañaban los regalos.

<<Para la musa de mis noches, del Senador Valdés».

<<Con admiración, esperando que aceptes cenar conmigo. R. Mendoza».

Una por una, las fue abriendo. Una por una, las fue descartando con indiferencia. Sus dedos temblaban ligeramente mientras buscaba un nombre específico. Una tarjeta sencilla.

Pero no había nada.

Mateo nunca le había enviado un regalo. Ella siempre leía las tarjetas esperando ver su nombre.

Al constatar que no había nada de él, un nudo frío se instaló en su garganta. <<Es lo mejor», se dijo a sí misma.

Estaba a punto de aplicarse el delineador cuando el sonido del picaporte girando la sacó de sus pensamientos. Un hombre entró sin golpear la puerta, a pesar de estar llaveada. La puerta se abrió con un crujido sordo, revelando la figura encorvada pero amenazante de Héctor.

Samanta soltó el delineador y se levantó bruscamente, cruzándose la bata de seda sobre el pecho.

- Otra vez conseguiste una copia de la llaveacusó ella, sintiendo cómo su escaso sentido de privacidad era violado una vez más. El dueño del club, que le debía favores a Héctor, siempre le facilitaba el acceso.

- ¿Qué haces aquí? Me estoy preparando para la noche. No me gusta que nadie entre mientras me alisto y lo sabes muy bien -dijo Samanta en tono de reclamo, con la voz teñida de furia.

Héctor entró, cerrando la puerta tras de sí con una tranquilidad exasperante.

- Por favor, no hagas un drama de esto - respondió él, guardando las llaves en el bolsillo y avanzando hacia ella- Soy tu padre, niña.

- Mi padre adoptivo -corrigió Samanta de inmediato, escupiendo la palabra como si fuera veneno.

El recordatorio de su vínculo no biológico siempre lograba crispar los nervios del hombre. Héctor la había adoptado cuando ella era apenas una niña, no por amor, sino como una herramienta para sus estafas. Y cuando ella creció, descubrió que podía ser su activo más rentable.

El rostro de Héctor se endureció. Apartó un ramo de rosas rojas de una silla con asco y se sentó.

- No estamos aquí para hablar de lazos familiares, Samanta, ni para repasar historias tristes -siseó él, apoyando los codos sobre las rodillas-.

Estamos aquí porque el tiempo se agota. Presta mucha atención a lo que te digo. Sé lo que pasó la otra noche. Sé que no quieres acercarte a Mateo, pues bien, no lo hagas. Resulta que el destino es generoso.

Samanta frunció el ceño, confundida por el cambio de estrategia.

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