Capítulo 230
CAPÍTULO 148
Eran apenas las ocho de la mañana, pero Sofía ya llevaba más de una hora en pie. Se encontraba en la zona de lavado exterior, manguera en mano, bañando y peinando a su semental estrella, Eclipse.
El agua resbalaba por el pelaje oscuro del animal, arrancando pequeñas nubes de vapor que se disipaban en la brisa matutina.
Sofía pasaba la rasqueta de goma con movimientos circulares y rítmicos, concentrada en eliminar el polvo y el sudor seco del caballo. Sin embargo, su mente no estaba allí. Estaba atrapada en las luces de neón de la noche anterior, en la mirada rota de su mellizo Mateo y, sobre todo, en la imagen de Thiago caminando con esa mujer perfecta.
El crujido suave de unos pasos sobre la grava la sacó de su ensimismamiento.
Sofía cerró un poco la boquilla de la manguera y se giró. Su madre, Lucía, caminaba hacia ella por el sendero que conectaba la casa principal con las caballerizas. Llevaba unos pantalones cómodos, un suéter de lana tejido y sostenía una taza de té caliente entre las manos.
- Buenos días, mi amor -saludó Lucía, deteniéndose a una distancia prudente para no ser salpicada por las sacudidas ocasionales de Eclipse.
- Buenos días, mamá -respondió Sofía, secándose la frente con el dorso del brazo, dejando una pequeña marca de humedad en su piel bronceada.
Lucía observó a su hija con esa mirada escrutadora y llena de ternura que solo las madres poseen.
- Benicio sigue dormido en uno de los cuartos de invitados de la planta baja -comentó Lucía, dándole un sorbo a su té y sonriendo con indulgencia- Lo escuché roncar desde el pasillo. A juzgar por cómo llegó anoche, arrastrando los pies y balbuceando incoherencias, no creo que se despierte pronto. Seguramente no verá la luz del sol hasta el mediodía.
Sofía soltó una risa breve, recordando cómo había tenido que cargar con el peso de su primo mayor por la escalinata de la entrada.
- Sí, fue una noche larga para él. Cayó rendido apenas tocó el colchón.
- Pensé que vos ibas a dormir un poco más, cariño -dijo Lucía, acercándose un paso más y apoyando una mano en el cerco de madera del área de lavado -. Llegaron casi al amanecer.
Sofía cerró la llave de paso del agua y tomó una toalla grande y absorbente para comenzar a secar el lomo de Eclipse.
- No podía seguir durmiendo, mamá. Mi cabeza daba demasiadas vueltas, y Eclipse necesitaba su baño.
Lucía frunció levemente el ceño, detectando la tensión oculta en la voz de su hija.
- Sí, estábamos todos -confirmó Sofía- Benicio, Mateo, y luego nos alcanzaron Thiago y Karla.
Lucía, que siempre escuchaba con una atención profunda, captó el leve cambio en la inflexión de la voz de su hija al mencionar los últimos nombres.
- ¿Thiago y la ejecutiva que vino con él? -Lucía enarcó una ceja- ¿Qué tal es ella? Tu padre me dijo que en la empresa se comenta que es brillante, pero que aún no se ha dejado ver.
- Es... muy de su mundo, supongo -respondió Sofía, encogiéndose de hombros y aplicando un acondicionador especial en las crines de Eclipse. No quería hablar de Karla; hacerlo significaría admitir que la simple existencia de esa mujer le provocaba una inseguridad asfixiante-- Hablaron de la empresa, bailaron un rato... lo normal.
El silencio se instaló entre ambas, sólo interrumpido por el relincho suave del caballo.
Necesitaba cambiar el rumbo de la conversación radicalmente. Necesitaba entender sus propios sentimientos a través del espejo de la mujer que mejor la conocía, aunque no se lo dijera directamente.
Dejó los cepillos sobre el muro y se giró hacia Lucía, apoyando los codos en la valla de madera.
- Cambiando de tema, mamá... - Sofía la miró con una curiosidad repentina e intensa- ¿Cómo conociste a papá?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.