Capítulo 328
CAPÍTULO 243
El reloj digital sobre la mesa de noche proyectaba un suave resplandor rojo en la oscuridad de la habitación del ático. Eran las tres de la madrugada.
Mateo estaba recostado boca arriba, con los ojos cerrados. No podía dormir. Cada vez que su respiración comenzaba a acompasarse y el sueño intentaba arrastrarlo, un sobresalto involuntario le tensaba los músculos, abriéndole los ojos de golpe. Su mente traicionera volvía a proyectar la imagen del apartamento vacío de la primera vez, el pánico frío de encontrar su cama desierta y el recuerdo de la huida de la mujer que amaba.
Tenía el miedo constante, de que si se rendía al sueño, Samanta aprovecharía la oscuridad para vestirse en silencio, deslizarse por la puerta y desaparecer de su lado.
Está noche era diferente.
Samanta deslizó su mano suavemente sobre el pecho de Mateo, rozando apenas la piel sobre su corazón, que latía con un ritmo ansioso.
- Mateo... duerme -le susurró ella, con una voz aterciopelada y llena de comprensión que rompió el silencio de la habitación.
Mateo abrió los ojos y la miró, su expresión reflejando una vulnerabilidad que desarmaba.
- No puedo -admitió él, con voz ronca- Cierro los ojos y pienso que, cuando los abra, esto habrá sido solo un sueño. O que tú pensarás que es un error y...
- No me voy a ir -lo interrumpió Samanta, sabiendo exactamente qué fantasma lo atormentaba- Te lo prometo, Mateo. Te prometo que voy a estar a tu lado cuando despiertes. No voy a huir esta vez.
Mateo la miró, buscando en sus ojos oscuros cualquier rastro de duda. Lentamente, él movió su brazo y le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de ella, aferrándose como si fuera su ancla en medio de la tormenta.
- Quédate -pidió él en un susurro.
- Me quedo -afirmó ella, apretando su agarre.
Con el contacto físico y la promesa resonando en sus oídos, la tensión finalmente abandonó el cuerpo del joven director. Mateo exhaló un suspiro largo y pesado, cerró los ojos y, sin soltar la mano de Samanta, entró en un sueño profundo y reparador.
Horas más tarde, el sonido insistente de la alarma del celular taladró el silencio del ático. Eran las seis y media de la mañana.
Mateo se despertó con un respingo, desorientado por el cambio brusco de la oscuridad al sonido estridente. Su mano se movió instintivamente hacia el lado izquierdo de la cama para buscar a Samanta, para comprobar que la promesa se había mantenido.
La alarma seguía sonando, pero su mano solo encontró sábanas frías.
El pánico que lo había mantenido en vela horas antes regresó con la fuerza de un golpe físico.
¡Samanta! -gritó Mateo, incorporándose de golpe, ignorando el dolor punzante en las costillas que aún sanaban.
Se asustó y se levantó de la cama de un salto, sintiendo que el corazón le latía en la garganta. La habitación estaba vacía.
No había silencio. Había un murmullo suave, como de una radio encendida a bajo volumen. Y, más importante aún, el aire no olía a los limpiadores cítricos que usaba el servicio de limpieza.
Se detuvo en seco. Se calmó rápidamente cuando sintió un aroma cálido y terrenal proveniente de la cocina: el inconfundible olor a café recién hecho y a pan tostado.
Mateo dejó escapar el aire retenido en sus pulmones con una risa nerviosa y caminó hacia la puerta de la habitación. Cruzó el pasillo y se asomó a la cocina.
- Ese es mi cisne -sonrió él, soltándola a regañadientes para tomar la taza de café que ella le ofrecía- Y yo estaré a tu lado en cada paso de esa lucha. Pero primero, tengo que ir a la oficina hoy. Ya me he saltado demasiadas juntas.
Samanta se apoyó contra la isla de la cocina, dándole un sorbo a su propia taza.
- Lo sé. Sofía me escribió temprano, vendrá por mí en un rato.
Mateo enarcó una ceja, sorprendido por la coordinación a sus espaldas.
-¿Sofía vendrá por ti? ¿Para qué? Pensé que te quedarías aquí a descansar.
- Necesito mantener la mente ocupada si no quiero entrar en pánico -explicó Samanta, con un brillo de entusiasmo en los ojos- Sofía me dijo que los ayude, junto con tu primo Benicio, en las relaciones públicas del hipódromo para el próximo evento.
- ¿Relaciones públicas? ¿Tú, trabajando con Benicio? -Mateo soltó una carcajada- Eso va a ser un desastre divertido de ver.
- Oye, no te burles -lo reprendió Samanta con una sonrisa, dándole un golpecito en el brazo-.
No es algo que haya hecho antes, lo sé. Estoy acostumbrada a escenarios muy diferentes, pero Sofía cree que mi. Y... bueno, estoy dispuesta a aprender. Quiero ayudar. Quiero ser útil en este mundo tuyo.
Mateo dejó la taza en la encimera y le tomó las manos, poniéndose serio.
- Lo harás muy bien, amor. Eres inteligente, eres hermosa. Se van a enamorar de ti en cuanto te vean. Y no es mi mundo, Samanta. A partir de ahora, es el nuestro.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.