Capítulo 232
Alexander pasó un brazo por la cintura de su esposa y miró a su hija. Sus ojos grises se llenaron de esa nostalgia cálida que solo Lucía había logrado instalar en su alma.
- Ah, el día en que me conociste -murmuró Alexander, perdiéndose en el recuerdo-. Recuerdo la lluvia. Recuerdo el vestido empapado. Y recuerdo la propuesta más arriesgada y brillante de mi vida.
Fue el mejor negocio que cerré jamás.
Sofía, sintiendo que el terreno se volvía demasiado íntimo y romántico para su propio bienestar, decidió que era su momento de desaparecer. Tomó las riendas de Eclipse y lo guió hacia la salida del área de lavado.
- Bueno, yo los dejo con sus recuerdos empresariales y románticos -bromeó Sofía, montándose de un salto ágil sobre el lomo del caballo sin siquiera usar el estribo- Tengo una pista de saltos que conquistar. Nos vemos en el almuerzo.
Sofía se montó a Eclipse y los dejó solos, alejándose a un trote ligero hacia los potreros del fondo, donde nadie podría hacerle preguntas difíciles.
Alexander se quedó mirando a su hija alejarse, con el ceño ligeramente fruncido. Luego se giró hacia Lucía.
- ¿No estaba preguntando del día en que nos vimos por primera vez en la iglesia? -preguntó él, confundido por la repentina huida de SofíaParecía muy interesada en el tema cuando llegué.
Lucía negó con la cabeza, soltando una risita suave ante la maravillosa e inquebrantable ceguera de su marido para los asuntos del corazón ajeno.
- Sofía quería saber cuándo nos dimos cuenta de que nos queríamos. Cuándo pasó de ser una farsa a ser verdad.
Alexander frunció aún más el ceño, procesando la información.
-¿Y eso a qué viene? -preguntó, con genuina perplejidad- Sofía nunca pregunta esas cosas. Ella es más práctica.
Lucía lo miró con cara de "no puede ser que no te des cuenta". Le dio un toquecito en el pecho con el dedo índice.
Alexander miró hacia el horizonte, hacia el punto donde la silueta de Sofía y Eclipse se perdían en la distancia. Su mandíbula estaba tensa.
- No estoy tan seguro de querer descubrirlo - masculló él, cruzándose de brazosLucía se echó a reír, apoyando la cabeza en el hombro de él. A pesar de los años, algunas cosas en Alexander nunca cambiarían, y su instinto de resolver las emociones con amenazas corporativas era una de ellas.
- Tranquilo -susurró ella-. Ella es una de la Vega. Sabrá defenderse sola.
Alexander se relajó un poco bajo su toque, dejando salir el aire que había contenido. Miró hacia las caballerizas y luego a su esposa.
- ¿Vamos a montar nosotros también? -propuso él de repente, queriendo despejar su propia mente de la idea de que su pequeña hija ya era una mujer adulta con el corazón en riesgo- El día está perfecto.
Lucía le sonrió, con los ojos brillando de amor.
- Vamos .

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.