CAPÍTULO 92
Carlos mantenía la espalda apoyada contra la pared de piedra, con las manos profundamente hundidas en los bolsillos de su pantalón.
— No tenías que venir hasta este lugar, Clara —dijo Carlos finalmente; su voz era un susurro ronco.
— Tenía que hacerlo, Carlos —respondió ella, con los ojos empañados por las lágrimas— No podía quedarme en la ciudad viendo cómo Elena y Enrique destruían todo lo que tú y Augusto construyeron con tanto esfuerzo. Sé que te fallé en el momento en que más necesitabas mi lealtad… pero arriesgaría mi vida mil veces con tal de recuperar un solo gramo de la confianza que perdí.
Carlos la miró a los ojos y descubrió en ellos una verdad cruda y transparente.
— Augusto dice que vamos a perderlo todo —comentó Carlos, cambiando de tema para evitar romperse por dentro— Ya no seré el hombre que puede regalarte zafiros ni prometerte una gran boda en el Hotel Imperial.
Clara esbozó una sonrisa triste y le tomó la mano. Sus dedos estaban helados por el frío de la noche.
— Antes soñaba con diamantes, zafiros y rubíes, Carlos. Ya no los quiero si no puedo tener al hombre que me miraba como si yo fuera suficiente. No me importa lo que tengas ni lo que nos quede; solo me importa que sea contigo.
Carlos no respondió con palabras, pero apretó con firmeza sus dedos contra los de ella. El perdón no estaba completo, pero sabían que se encontraban muy cerca.
Más tarde, los cinco se reunieron con el informante de Clara en el reservado de una taberna oculta en lo más profundo del puerto.
— Traigo noticias, pero me temo que no son las que ustedes esperaban —dijo el hombre, mirando fijamente a Matilde— He estado rastreando al viejo guardia. El hombre desapareció del mapa hace dos meses. Unos dicen que se fue a vivir con una hija al norte; otros… bueno, otros dicen que el comisario se encargó de que no volviera a hablar con nadie jamás.
Matilde sintió una profunda punzada de decepción en el pecho.
— ¿Entonces no hay ningún testimonio?
— No uno vivo —replicó el Gato con frialdad— Tampoco logré encontrar el informe original del asalto, porque Julian Thorne se encargó de borrarlo, pero sí conseguí esto.
Deslizó sobre la mesa de madera una hoja maltratada que parecía ser el registro de una bitácora de guardia de la aduana.
— Es una entrada de la enfermería del puerto de la noche del incidente. No menciona nombres explícitos, solo indica que un ciudadano extranjero recibió atención médica por contusiones leves.
Augusto tomó el papel y lo leyó con avidez. Carlos se acercó para observar por encima de su hombro.

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