CAPÍTULO 88
Leticia salió de la iglesia minutos después. Las palabras de Beatriz resonando en su cabeza. Al caminar hacia su casa, decidió desviarse por la avenida principal, pasando frente al casino. Fue entonces cuando lo vio.
Enrique Saldívar salía por la puerta lateral del casino, tambaleándose bajo la luz cruda del sol. Ese hombre ya no era ni un rastro de lo que fue. Su traje de seda estaba manchado y arrugado, no llevaba corbata y su rostro, hinchado y grisáceo, denotaba que no había dormido en toda la noche.
Leticia se detuvo en seco, ocultándose tras un árbol. Sintió una náusea profunda, un asco que le recorrió toda la columna vertebral. Aquel era el hombre al que ella había defendido por encima de la felicidad de su propia hija.
— ¿Qué he hecho? —susurró Leticia para sí misma, con las lágrimas asomando por fin a sus ojos— Casi condeno a mi hija a una vida con este hombre.
La venda se le cayó de los ojos. Comprendió que había cometido un error imperdonable. No podía permitir que Matilde cayera junto con Enrique. Tenía que arreglar las cosas, no por Augusto, a quien seguía sin entender del todo, sino por la sangre de su sangre.
Sin pensarlo dos veces, cambió de planes y caminó con paso decidido hacia la Comisaría Central.
— Señora Valente, ¿en qué podemos ayudarla? —preguntó el oficial, sorprendido por la presencia de la gran dama.
— Vengo a rectificar mi declaración —sentenció Leticia, con una voz que no admitía réplicas— La denuncia que mi marido y yo presentamos contra Augusto de la Vega fue realizada bajo amenazas directas del señor Enrique Saldívar. Él nos obligó a mentir, usando documentos privados de mi esposo para chantajearnos. Las cosas no sucedieron como dijimos. Augusto de la Vega no es un estafador; Al menos, no con nosotros.
El abogado de Augusto, que casualmente se encontraba en el edificio decidió intervenir al ver a la señora Valente.


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