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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 501

CAPÍTULO 90

Enrique regresó apresuradamente al interior de la mansión. Con las manos temblorosas y una rapidez febril, terminó de empacar sus pertenencias más valiosas. Su plan de escape era sumamente simple: cruzar la frontera por las rutas secundarias menos transitadas y desiertas. Ya tenia contratado al oficial que lo ayudaría. Si todo salía según lo previsto, se reuniría con su madre en un mes en algún país sin tratado de extradición.

Subió a su coche y encendió el motor. Condujo con las luces apagadas evitando con astucia las avenidas principales de la ciudad. Lo que Enrique ignoraba era que varios pares de ojos vigilaban cada uno de sus movimientos. Su madre no era el objetivo; la habían dejado marchar deliberadamente para hacerle creer a él que estaba a punto de lograrlo.

Faltando apenas tres kilómetros para alcanzar el paso fronterizo donde un oficial comprado lo aguardaba, dos potentes faros se encendieron de golpe en mitad de la penumbra, bloqueando por completo el camino de tierra.

Enrique pisó el freno a fondo, haciendo que las ruedas derraparan violentamente sobre la grava. El corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas que sintió que el pecho le iba a estallar en cualquier momento.

— ¡Maldita sea! —gritó con desesperación, estirando el brazo para buscar a ciegas la pistola guardada en la guantera.

Sin embargo, antes de que sus dedos pudieran tocar el metal del arma, tres hombres corpulentos rodearon el vehículo. Uno de ellos, vestido con un elegante traje oscuro y portando una mirada helada que no conocía la piedad, golpeó el cristal de la ventanilla con la culata de un revólver de gran calibre. Era el jefe de seguridad de Galdós.

En ese preciso instante, la cruda realidad golpeó a Enrique: su deuda no era solo con los ahorristas estafados ni con el sistema de justicia. El inversionista que Elena Duval le había conseguido, el hombre que inyectó miles de dólares para salvar momentáneamente la Banca Saldívar, no era un financista legal. Era un criminal sanguinario.

Los hombres bajaron a Enrique del coche a rastras. Lo arrojaron brutalmente al suelo, dejándolo tendido sobre el asfalto frío y húmedo.

— ¡No me maten, por favor! —suplicó Enrique con la voz completamente quebrada por el terror, cubriéndose la cabeza con los brazos— ¡Tengo dinero! Tengo las joyas de mi madre... puedo devolver hasta el último centavo... Solo denme un poco más de tiempo.

El jefe de seguridad lo observó con un desprecio absoluto, mientras los otros dos matones comenzaban a saquear el maletín del maletero.

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