CAPÍTULO 37
Carlos estaba sentado ante el escritorio en la habitación de hotel de Augusto, rodeado de carpetas y fojas legales. Estaba ordenando y revisando las actas de compraventa de la subasta; Augusto no solo había hecho saltar la banca con el cuadro de Matilde, sino que, siguiendo la estrategia original, se había quedado también con la joya de la noche: el lienzo del Renacimiento que Carlos tanto le había insistido en adquirir.
Augusto permanecía de pie junto a la ventana, se había quitado la corbata y la chaqueta, y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, revelando los antebrazos quemados por el sol.
— ¿Y dónde piensas poner todos estos cuadros, Augusto? —preguntó Carlos sin levantar la vista, mientras sellaba un documento— Tenemos el Renacimiento, tres bodegones, la escultura que tanto quería Elena y esa tempestad de cien mil dólares. Este cuarto se está empezando a parecer a un almacén de museo.
Augusto no se giró. Sus ojos seguían fijos en un punto lejano del horizonte nocturno.
— Es momento de conseguirnos una casa, Carlos —dijo con una voz plana, casi indiferente, como quien comenta el clima—. Un hotel es para viajeros. Nosotros ya no estamos de paso. Necesito un lugar lo suficientemente grande para que mi pasado y mi presente puedan coexistir. Consigue una propiedad. La mejor de la zona alta.
Carlos asintió, anotando el encargo en su libreta, y siguió revisando las cartas de compraventa.
De repente, la mano de Carlos se detuvo sobre una de las hojas. Sus ojos se entrecerraron tras sus gafas y volvió a leer el encabezado, y luego la firma al pie de la página. Un silencio sepulcral se apoderó de su lado de la habitación.
— ¿Qué pasa? —preguntó Augusto, detectando la pausa de su amigo— ¿Falta alguna firma?
Carlos no respondió de inmediato. Tomó el documento con ambas manos, como si temiera que las letras se borraran. Era la carta de venta de "Luz en la tormenta".
— Augusto… mira esto —dijo Carlos, su voz cargada de una extraña urgencia.
Augusto se giró con lentitud, un tanto irritado por la interrupción.
— Es la carta de venta de Matilde. ¿Qué quieres con eso? Ya pagamos el cheque. El cuadro está ahí, no hay nada más que discutir.
— Fíjate en el nombre, Augusto. Acércate y fíjate bien en el nombre legal del vendedor.
Augusto caminó hacia el escritorio con desgana, dejando su vaso sobre la mesa. Se inclinó sobre el papel, esperando ver algún error administrativo, pero lo que vio le propinó un golpe más fuerte que cualquier bofetada.
El documento, redactado por el notario de la facultad, identificaba a la artista. En el espacio destinado al nombre legal, con una caligrafía clara y firme, rezaba: Matilde Valente. No había rastro del apellido de Enrique. Debajo, la firma era la misma que Augusto había visto en la subasta: un trazo elegante que solo llevaba el apellido de su padre.
— Dice Matilde Valente —susurró Augusto, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones— ¿Y qué con eso? Quizás para sus asuntos artísticos usa su nombre de soltera.



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Comentarios
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