CAPÍTULO 38
Augusto de la Vega salió del vestíbulo del hotel Imperial con una urgencia que rayaba en la desesperación. En su mente, solo resonaba un eco ensordecedor: Matilde Valente. No Saldívar. No una esposa.
Sintió el aire gélido de la noche golpear su rostro, pero no fue suficiente para enfriar la sangre que le hervía en las venas. Su primer instinto fue subir a su coche y conducir hacia la Facultad de Bellas Artes, irrumpir en las residencias universitarias y sacudir a Matilde hasta que ella le explicara cada segundo de los últimos años. Pero se detuvo en seco al borde de la acera. Eran casi las doce de la noche. Presentarse en una residencia de señoritas a esas horas no solo sería un escándalo que destruiría la reputación de ella, sino que probablemente terminaría con él arrestado antes de poder pronunciar una palabra.
— Maldita sea —gruñó, apretando los puños.
El casino de la ciudad se encontraba justo al lado del hotel. Augusto no tenía intención de entrar, pero el destino, que parecía divertirse con sus nervios, puso a Rodolfo Valente en su camino.
El viejo salía en ese momento por las puertas giratorias del casino. Al ver a Augusto, su rostro, se iluminó con una chispa de oportunismo. Rodolfo no perdió un segundo y salió a su encuentro, acomodándose la solapa de su abrigo.
— ¡De la Vega! Qué coincidencia encontrarlo aquí —dijo Rodolfo, forzando una sonrisa cordial— ¿También va usted a probar suerte en las mesas esta noche?
Augusto lo miró con una mezcla de desprecio y una curiosidad renovada.
— No, señor Valente. No esta noche —respondió Augusto, tratando de modular su voz para que no trasluciera su agitación— Solo quería tomar un poco de aire. El ambiente en la habitación de hotel se vuelve... asfixiante.
Rodolfo asintió, colocándose a su lado. El aire entre ambos estaba cargado de una tensión que Rodolfo, en su ceguera por el capital de Augusto, prefería ignorar.
— Le entiendo perfectamente. A veces el peso de las responsabilidades es excesivo —comentó Rodolfo, mirando hacia el hotel— Por cierto, mi enhorabuena de nuevo por la adquisición del cuadro de mi hija. Ha sido el comentario de todo el casino.
Augusto sintió que el documento de compraventa le quemaba en la memoria. No pudo resistirse más. La pregunta salió de sus labios antes de que su orgullo pudiera frenarla.
— Dígame, señor Valente... —comenzó Augusto, fingiendo una indiferencia que no sentía— Me ha sorprendido un detalle en los papeles de la subasta. He visto que su hija firmó con su apellido de soltera. ¿Cuándo se llevó a cabo exactamente la boda con el señor Saldívar? He estado fuera tanto tiempo que me temo que me perdí los detalles de la gran unión.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.