CAPÍTULO 35
En cuanto el martillero dio por cerrada la subasta, Enrique no esperó a las felicitaciones ni a los brindis. Con un movimiento brusco, rodeó el antebrazo de Matilde con sus dedos, apretando con una fuerza que buscaba reclamar la propiedad que sentía que se le escapaba.
— Nos vamos. Ahora mismo —siseó Enrique, con el aliento impregnado de la ginebra que había estado consumiendo para ahogar su inseguridad.
— Enrique, me estás lastimando —susurró Matilde, tratando de mantener la compostura mientras él la arrastraba hacia uno de los pasillos laterales, lejos de las miradas curiosas de los fotógrafos.
Él no se detuvo hasta que estuvieron en una de las galerías vacías, rodeados de estatuas de yeso que parecían testigos mudos de su violencia. La empujó levemente contra una columna de mármol y se plantó frente a ella, invadiendo su espacio, con el rostro congestionado por la rabia.
— ¡Explícamelo! —rugió Enrique, golpeando la pared con la palma de la mano— ¡Quiero respuestas ahora mismo! ¿Qué clase de juego te traes con ese hombre? ¿Qué te traes con Augusto de la Vega?
Matilde sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del edificio. En su mente, las imágenes de hace tres años cruzaron como relámpagos: la arena caliente, la piel de Augusto contra la suya, las promesas susurradas bajo un cielo que no conocía de apellidos. Pero no estaba lista para decirle la verdad. No podía.
— No tengo nada con ese hombre, Enrique —respondió ella, esforzándose para que su voz no temblara— Lo que acabas de ver es el resultado de tu propia estupidez. Intentaste humillarme frente a mis profesores y mis amigos con esa oferta ridícula, y el señor de la Vega simplemente aprovechó la oportunidad para dejarte en evidencia.
— ¡Nadie paga cien mil dólares por un cuadro de una principiante! —Enrique se acercó tanto que Matilde pudo ver las venas marcadas en su frente— Hay algo más. La forma en que te mira... la forma en que tú te quedaste paralizada cuando entró. ¿Crees que soy imbécil?
Matilde sostuvo la mirada, aunque por dentro se sentía romperse. Era una verdad a medias, la forma más segura de mentir.
— Tú sabes mejor que yo que es mi padre quien intenta hacer negocios con él. Augusto de la Vega es un hombre que busca poder, y sabe que mi familia está desesperada. Comprar mi cuadro es solo una forma de ponernos bajo su control, de recordarnos que él tiene el capital que nosotros ya no tenemos. Es un movimiento de negocios, Enrique. Uno que tú mismo facilitaste al portarte como un miserable.
Sabía que Rodolfo Valente andaba tras los talones de De la Vega, pero su instinto de hombre posesivo le decía que había un fuego oculto en Matilde y ese hombre.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.