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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 447

CAPÍTULO 36

En cuanto Augusto terminó de formalizar los papeles y Matilde abandonó el salón con paso apresurado, Elena lo interceptó en uno de los pasillos laterales, justo antes de que él alcanzara la salida hacia el patio donde los coches esperaban.

— Augusto, detente —dijo Elena, su voz proyectándose con esa autoridad que solía usar en el teatro, pero que aquí sonaba desesperada.

Augusto se detuvo, pero no se giró de inmediato. Carlos, que caminaba unos pasos por detrás, se detuvo y lanzó una mirada de advertencia a Elena antes de retroceder discretamente para darles espacio.

— Es tarde, Elena —respondió Augusto sin emoción— Carlos te acompañará a un coche.

— ¡No me hables de coches! —exclamó ella, rodeándolo para ponerse frente a él. Sus ojos brillaban ahora con una furia genuina— Lo que acaba de suceder ahí dentro ha sido una humillación para mí. ¡Cien mil dólares! Por un cuadro que ni siquiera es bueno. ¿Qué te traes con esa mujer, Augusto? Exijo saber la verdad.

Augusto bajó la vista hacia ella. Sus ojos estaban vacíos de toda calidez, dos pozos negros que parecían absorber la poca luz que quedaba en el pasillo.

— No me exijas nada, Elena. No estás en posición de hacerlo.

— ¿Ah, no? Te he acompañado, he soportado las humillaciones de esa gente, he servido de escudo para tu orgullo herido... ¿y así me pagas? —Elena dio un paso más, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de veneno— Acaso no sabes que Matilde Valente tiene dueño. Enrique Saldívar es su dueño, el hombre con el que pretendes hacer negocios. Lo que hiciste hoy ha sido una declaración de guerra pública. ¿Tan poco te importa tu reputación como para arriesgarlo todo por una mujer que no te va a aceptar?

Augusto apretó la mandíbula. La mención de que Matilde tenía "dueño" fue como un látigo sobre una herida abierta.

— No tengo que darte explicaciones sobre mis asuntos personales, Elena —sentenció él, su voz vibrando con una amenaza sorda— Mi relación con los Valente y los Saldívar es una cuestión de negocios y de cuentas pendientes que tú no podrías empezar a comprender.

— ¡No me mientas! —gritó ella, perdiendo finalmente la compostura— No son negocios. Es ella. Siempre ha sido ella. Me has utilizado para darle celos, para demostrarle que eres más poderoso que su banquero. Pero hoy cruzaste una línea. Me utilizaste como un accesorio decorativo mientras le regalaste miles a ella.

Augusto la miró con una frialdad que la hizo retroceder un paso. No había rastro de disculpa en su rostro, ni de arrepentimiento.

— Ambos nos beneficiamos de este acuerdo, Elena —dijo él con una calma aterradora— Tú necesitabas el patrocinio para tu teatro y el regreso a los círculos sociales que te habían cerrado la puerta. Yo necesitaba una mujer que supiera estar a mi altura en una cena. El trato era simple. Pero si no estás de acuerdo con los términos, si crees que mi vida personal interfiere con tus ambiciones... entonces no volveré a buscarte.

Capítulo 447 1

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