CAPÍTULO 87
Siguiendo su rutina inamovible de los últimos treinta años, Leticia Valente caminaba con paso pausado hacia la Iglesia de Santa María.
Al cruzar el portón, Leticia buscó con la mirada al grupo de mujeres con las que solía compartir la misa cada mañana. Ajustó el abrigo sobre sus hombros, esbozó una sonrisa y caminó hacia ellas con la cabeza en alto, intentando mantener intacto el porte distinguido que siempre la había caracterizado.
— Buenos días, amigas —saludó Leticia en un susurro cordial al aproximarse.
En lugar de los besos en la mejilla y los comentarios amables sobre el clima que solían recibirla, se topó con un muro helado de indiferencia. Una de las mujeres giró el rostro de inmediato hacia el altar; otra fingió estar profundamente concentrada en las páginas de su misal, mientras que el resto del grupo comenzó a murmurar entre sí en voz baja, dándole la espalda de forma deliberada y cortante. Ninguna le devolvió el saludo. Ninguna la miró a los ojos.
Humillada pero obligada por el orgullo a no demostrarlo, Leticia tuvo que resignarse a tomar asiento varias bancas más atrás, completamente sola.
En los últimos días, la paz del rezo se había visto empañada por un zumbido constante de rumores que ya no podía ignorar. Durante la misa, sintió la mirada inquisidora de las presentes clavada en su nuca. Una mujer en particular, Beatriz, cuyo apellido pesaba tanto como las joyas que lucía incluso para la misa de siete, no le había quitado la vista de encima. Beatriz era la única que no se limitaba a ignorarla; la observaba con una mezcla de curiosidad calculadora y fingida lástima.
Al terminar la celebración, mientras los fieles comenzaban a despejar el templo, Beatriz se acercó a su banca sin prisa y se inclinó hacia ella.
— Leticia, querida —susurró Beatriz con una falsa compasión que no lograba ocultar el veneno en sus palabras— No pude evitar notar lo sola que estás hoy. Es una lástima cómo cambia la gente cuando las cosas se complican, ¿verdad? Aunque, para serte francamente sincera, no puedo culparlas del todo por mantener cierta distancia.
Leticia se quedó petrificada, con las manos apretadas con fuerza sobre su monedero de piel.
— No sé a qué te refieres, Beatriz —respondió Leticia intando sostener su tono aristocrático.
— Por favor, Leticia, no hagas el papel de ciega ante mí —replicó Beatriz, cruzándose de brazos mientras la examinaba con detenimiento—. Toda la ciudad está hablando de lo mismo. Declaraste en contra de tu propia hija. ¿Cómo has podido dejar que tu hija vaya sola y sin supervisión a esas ciudades portuarias tan peligrosas? Me han dicho de muy buena fuente que la han visto caminando por los barrios más bajos y de mala muerte, buscando desesperadamente la salvación de ese marido que se consiguió. Si el marido no puede protegerla, o mejor dicho, si el marido está… digamos, profundamente comprometido con la justicia, sus padres deberían intervenir de inmediato. Es un escándalo absoluto, Leticia.
Leticia sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda. No tenía idea de nada de esto. Hacía varias semanas que no hablaba con Matilde; no sabía que su hija estaba viajando fuera de la ciudad, y mucho menos qué era lo que andaba buscando. Tanto Rodolfo como ella habían pensado de manera infantil que, una vez que Augusto pisara la cárcel, Matilde entraría en razón y volvería vencida a la casa familiar. Eso nunca pasó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.