Capítulo 237
CAPÍTULO 154
A Mateo de la Vega le tomó casi media hora poder salir de la sala de juntas.
Cuando finalmente logró zafarse de su tío Rodrigo, caminó por el largo pasillo hacia su propio despacho.
Al entrar, no se sorprendió en lo más mínimo al descubrir que no estaba solo.
Sofía, su hermana melliza, estaba sentada en uno de los sofás de cuero frente al ventanal, con las piernas cruzadas y balanceando un zapato de tacón que claramente la estaba torturando.
Mateo cerró la puerta, asegurando la privacidad, y caminó hacia su escritorio, aflojándose el nudo de la corbata.
- ¿Por qué te fuiste tan rápido de la reunión? - preguntó Mateo, apoyando ambas manos sobre la superficie de su escritorio- Casi nunca vienes a la torre, y hoy que te dignas a honrarnos con tu presencia, sales huyendo antes de que todos nos despidamos. El abuelo Ricardo incluso preguntó por ti.
Sofía dejó caer la cabeza hacia atrás en el respaldo del sofá y soltó un quejido dramático.
- Sabes que no me gusta este ambiente, Mateo. Me asfixia. Vengo más por el compromiso con nuestros padres que por otra cosa. Mamá me pidió que estuviera aquí para apoyarte en tu debut, y lo hice.
Te aplaudí mentalmente y puse mi mejor cara de accionista interesada. Pero no me pidas nada más.
Sofía se frotó la frente, visiblemente frustrada por la pérdida de tiempo.
- Odio perder un día de práctica, Mateo. Hoy el clima en la finca está perfecto y Eclipse necesita saltar.
Mateo esbozó una media sonrisa, comprendiendo perfectamente a su hermana.
- Está bien, te entiendo -concedió él, dejándose caer en su silla ejecutiva- Te perdono la huida prematura.
Pero Sofía no estaba allí para hablar de VegaCorp ni de caballos. Se incorporó de golpe, plantando ambos pies en el suelo, y lo miró con esa intensidad que había aprendido de Lucía.
- Ya no me digas nada de la junta, tengo otros intereses -la cortó Sofía, cambiando el tono drásticamente, pasando de la prima aburrida a la hermana inquisidora- Quiero saberlo todo.
Mateo se tensó. Su mano, que jugaba con un bolígrafo de plata, se detuvo.
- ¿Saber qué, Sofía?
- No te hagas el desentendido conmigo. -Sofía lo señaló con el dedo índice- Le escribiste.
La afirmación cayó sobre el escritorio como una sentencia.
Mateo sabía perfectamente a lo que se refería. El número de teléfono de Samanta, aquellos diez dígitos que su hermana le había conseguido en las entrañas del Club Velvet. Lo había guardado en su agenda, lo había mirado cien veces, había escrito docenas de mensajes en la pantalla luminosa de su celular, solo para borrarlos todos antes de darle a enviar.1
- No -admitió Mateo, desviando la mirada hacia los rascacielos de afuera. Su voz sonó derrotadaNo le he escrito.
Sofía frunció el ceño.
- ¿Por qué no?
- Porque no sé qué decirle, Sofi -estalló él, poniéndose de pie, incapaz de quedarse quieto- ¿Qué se supone que le diga? Debe pensar que soy un idiota. Con justa razón.
Mateo se pasó las manos por el cabello, desordenando el peinado perfecto de director.
- Ni siquiera ayer -confesó, revelando la magnitud de su crisis- Por primera vez en casi un año, no fui al club una noche de fin de semana.
Sofía lo observó en silencio, analizando el lenguaje corporal de su hermano. Vio la vulnerabilidad, la culpa y la desesperación.
- Ya te equivocaste con ella, ¿verdad? -dijo ella, con un tono lleno de falsa compasión.
- No me des las gracias todavía. Guárdalas para cuando la lleves a cenar.
Sofía se dio la vuelta y caminó hacia la puerta del despacho con su habitual paso enérgico y decidido.
Estaba desesperada por salir de aquel edificio.
Empujó la pesada puerta de madera y salió al pasillo, ajustándose la correa del bolso sobre el hombro mientras sacaba su teléfono para enviarle un mensaje a su madre. No miró hacia adelante.
Iba tan de prisa que, al dar la vuelta chocó de frente contra alguien.
Sofía soltó un pequeño grito de sorpresa al sentir que chocaba contra un muro de tela y músculos. Su bolso resbaló de su hombro, y la persona con la que había colisionado perdió el equilibrio, dejando caer una pila inmensa de carpetas de cartón y documentos que se esparcieron por el suelo de mármol como si hubiera nevado papel.
- - ¡Oh, por Dios! -excłamó la voz masculina, Ilena de pánico.
Sofía retrocedió un paso, frotándose el hombro.
- Lo siento, lo siento muchísimo -dijo ella apresuradamente, agachándose de inmediato para ayudar a recoger el desastre-. Iba distraída mirando el teléfono, fue mi culpа.
- No, no, la culpa fue mía, señorita, venía muy cargado y no vi por dónde iba -respondió el chico, arrodillándose frente a ella, recogiendo los papeles con manos temblorosas.
Sofía levantó la vista y, por primera vez, miró a su víctima.
Era un joven probablemente de su misma edad de cabello castaño claro, desordenado por el impacto, y unos ojos color miel que, detrás de unas gafas de montura fina, la miraban con absoluto terror.
- ¿Estás bien? -preguntó Sofía, entregándole un par de carpetas.
- S-sí. Perfectamente. -El joven tragó saliva, tomando los documentos, y sus dedos rozaron los de ella por una fracción de segundo. Retiró la mano rápidamente, sonrojándose hasta las orejasPerdone mi torpeza. Soy Esteban. El nuevo practicante del departamento legal. Hoy es mi primer día en este piso.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.