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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 24

Capítulo 24

CAPÍTULO 14

<«Qué irónico», pensó Alexander, mirando el techo oscuro del salón privado de su habitación.

Apenas unas horas antes, con una sonrisa de suficiencia, le había advertido a Lucía que el sofá de cuero era frío e incómodo, sugiriéndole que ella terminaría rogando por compartir la cama. Y ahí estaba él, a las cuatro y media de la madrugada, con el cuello entumecido, la espalda dolorida y el orgullo magullado.

No había podido dormir casi nada. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de la pantalla del celular de su esposa brillaba en su mente como un neón acusador: Te extraño, Luci.

Harto de pelear con el sueño decidió que era momento de irse. No quería estar allí cuando Lucía despertara. No quería ver su cara angelical de "yo no rompo un plato" sabiendo que tenía secretos guardados en su teléfono.

Se levantó en silencio, recogió su ropa y salió de la habitación.

 

Bajó al sótano, donde se encontraba el gimnasio privado de la mansión. Durante dos horas, descargó su frustración contra el saco de boxeo.

Golpe tras golpe, imaginaba que estaba peleando contra ese tal "desconocido" que extrañaba a su mujer. El sudor le empapaba la camiseta, pero la rabia seguía allí, fría y dura en su estómago.

Se bañó en los vestuarios del gimnasio y subió al comedor principal justo cuando el sol empezaba a iluminar los jardines. Esperaba encontrar la mesa vacía, pero su abuelo Augusto ya estaba allí, leyendo el periódico con una taza de café humeante.

- Buenos días, abuelo -saludó Alexander, besando la cabeza del anciano y sentándose frente a él.

Augusto bajó el diario y lo miró por encima de sus gafas de lectura.

- Llegas tarde, Alexander. Tu esposa ya pasó por aquí.

Alexander se detuvo con la taza a medio camino de sus labios.

- ¿Cómo dices?

-- Ya vino a verme -dijo Augusto con una sonrisa satisfecha-. Se levantó hace una hora y lo primero que hizo fue venir al despachoa ver cómo estaba este pobre viejo. Controló mi medicación, me obligó a beber agua y me aseguró que estaría lista para la fiesta de esta noche.

Alexander sintió una punzada de molestia. Lucía era perfecta. Demasiado perfecta.

- Es muy... dedicada -murmuró.

- Es una joya. Y tú eres un desastre -replicó Augusto, volviendo a su lectura-. ¿Sabes que pretendía irse en taхi?

-¿En taxi?

- Sí. La encontré a punto de salir a la avenida para parar un coche amarillo. ¿Acaso no tiene un auto propio, Alexander? -El abuelo lo miró con severidad-. Es una De la Vega. No puede andar por ahí dependiendo del transporte público como si fuera una estudiante. Es peligroso y de mal gusto.

- Soluciónalo -ordenó Augusto, pasando la página del periódico.

- Está bien -concedió Alexander, sintiéndose un inepto. La verdad era que no tenía idea si su mujer tenía auto, licencia de conducir o si prefería volar en escoba.

- Puede ser algo terca -añadió él, recordando cómo ella había defendido su independencia.

- Es sensata. Aprende la diferencia.

- Como ordene.

Durante el resto del día, Alexander fue un manojo de nervios. Intentó concentrarse en los balances trimestrales, pero su mirada volvía una y otra vez a su teléfono personal.

Le envió un mensaje a Lucía a la una de la tarde:

[¿A qué hora vuelves?] Sin respuesta.

Le envió otro a las tres: [Recuerda la gala. Es importante] Sin respuesta.

A las cinco: [Manda una ubicación] Nada.

Se fue temprano a la mansión para prepararse, con la esperanza de encontrarla allí. Pero cuando entró a la habitación, estaba vacía. Sus cosas seguían en el armario, pero no había rastro de ella.

Por un momento, dudó en ir a recogerla él mismo a la clínica. Pero su orgullo lo detuvo. <<Ella sabe la hora. Ella conoce el compromiso. Si quiere jugar a hacerse la difícil, que juegue sola».

No lo hizo. Y fue un error.

A medida que la hora de la gala se acercaba, Alexander empezó a perder la calma. Se vistió con un esmoquin negro hecho a medida que resaltaba su figura atlética, se peinó hacia atrás y se puso los gemelos de ónix, pero sus manos temblaban ligeramente por la ira contenida.

Bajó al salón principal a las siete y media. La casa estaba irreconocible: flores frescas en cada rincón, cuarteto de cuerdas tocando música suave, camareros con bandejas de champán francés.

Su madre, Eleonor, estaba en su salsa, dando órdenes y sonriendo.

Pero cuando empezaron a llegar los primeros invitados, la pregunta se repitió como un ecо tortuoso.

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