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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 25

Capítulo 25

- Alexander, ¿y tu esposa?

- Qué ganas de conocer a Lucía.

- ¿Dónde se metió la homenajeada?

Ahora él era el centro de atención, pero no por las razones correctas. Brillaba por su ausencia.

Alexander sonreía, apretaba manos y daba excusas vagas: "Se está retocando", "Ya baja", "Quiere estar perfecta para ustedes".

Pero por dentro, estaba planeando su asesinato. O su divorcio. Lo que fuera más rápido.

Cerca de las ocho, la puerta se abrió para dejar entrar a una pareja que Alexander hubiera preferido no ver esa noche.

Fernando Castillo entró con aire de suficiencia, ajustándose la corbata. Tenía un cargo legal importante en VegaCorp, director de asuntos jurídicos. Alexander no lo soportaba. No sabía cómo había llegado a ese puesto exactamente - había sido una contratación aprobada por su tio Roberto años atrás-, pero el tipo le caía muy mal.

Tenía esa vibra de "nuevo rico" desesperado y adulador que a Alexander le repugnaba.

Y colgada de su brazo, venía Victoria Navarro.

Alexander reprimió una mueca. Victoria. Su "error" de un verano hacía tres años. Habían tenido un amorío breve, intenso y puramente físico en un viaje de negocios a Mónaco. Ella ya estaba casada con Fernando en ese entonces, pero a ninguno de los dos le importó. Alexander la había dejado cuando ella empezó a hablar de "sentimientos" y de dejar a su marido.

Esperaba que no se le diera por recordar viejos tiempos hoy. No era el momento ni el lugar.

- Buenas noches-saludó Fernando, extendiendo la mano con una sonrisa untuosa-. Alexander, excelente fiesta. Todo el mundo está aquí.

- Castillo -respondió Alexander, estrechando la mano brevemente-. Victoria.

Victoria lo miró con ojos depredadores. Llevaba un vestido dorado demasiado escotado y demasiadas joyas.

- Estás guapísimo, Alex -ronroneó ella, ignorando a su propio marido-. Como siempre.

- Gracias.

- ¿Y tu esposa, Alexander? -preguntó Victoria, con un brillo malicioso en los ojos-. Creo que todos en esta noche estamos ansiosos de conocerla. Se dicen tantas cosas... algunos incluso apuestan a que no existe.

Alexander apretó la copa de champán que tenía en la mano.

- Termina de arreglarse y baja -mintió con frialdad-. Quiere estar perfecta esta noche. Ya saben cómo son las mujeres perfeccionistas.

- Ya lo creo -dijo Victoria, soltando una risita-.

Bueno, espero que valga la pena la espera.

Victoria realmente quería conocer a su enemiga.

No veía la hora de compararse, de encontrar sus defectos, de demostrar que ella era mejor opción.

Su matrimonio con Fernando estaba muerto hacía años; él era aburrido y tacaño. Su plan era reconquistar a Alexander ahora que lo tenía a tiro.

Y no llegó de cualquier manera.

Lucía Flores bajó del coche envuelta en un vestido de seda rojo sangre. El color era violento, apasionado, imposible de ignorar. La tela se ceñía a su cintura y caía fluida hasta el suelo, con una abertura lateral que dejaba ver esa pierna interminable al caminar y un escote en la espalda que era una invitación al pecado.

Su cabello castaño caía en ondas salvajes sobre sus hombros desnudos, y sus labios estaban pintados del mismo rojo intenso que el vestido.

No parecía una veterinaria. No parecía una huérfana. Parecía una reina que venía a reclamar un trono o a quemar el reino entero.

Todos los hombres presentes pusieron sus ojos en ella. El silencio se transformó en un suspiro colectivo.

Alexander solo tenía ojos para su mujer.

Se le secó la boca. El corazón le dio un vuelco brutal contra las costillas, olvidando por un segundo los celos y el enojo. Estaba deslumbrante. Era la criatura más hermosa y letal que había visto en su vida.

Y era suya para efectos prácticos.

Alexander reaccionó por instinto. Se apresuró a cruzar el salón, apartando a la gente, para recibirla antes de que ella diera un paso más sola. Tenía que marcar territorio.

Llegó hasta ella justo en el umbral, ofreciéndole su brazo.

Lucía lo miró. Vio la furia en sus ojos, pero también vio el deseo innegable que lo consumía.

-¿Me extrañaste, querido esposo? -susurró ella, lo suficientemente alto para que él lo oyera, pero lo suficientemente bajo para que fuera un secreto entre los dos.

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