Capítulo 247
CAPÍTULO 164
Esteban caminaba junto a Sofía, escuchándola hablar con pasión sobre las líneas de sangre, las competencias y la gestión de la tierra.
Cuando finalmente el sol comenzó a subir hacia, Esteban miró su reloj y el pánico profesional regresó.
- Señoritas, ha sido el recorrido más maravilloso que he tenido, pero de verdad debo regresar. La junta del departamento logístico empieza a la una.
- Está bien, te dejaremos ir -dijo Sofía, riendoTe acompaño a la entrada, donde dejaste estacionado tu coche.
Al llegar al modesto coche de Esteban, él abrió la puerta del conductor y dejó la carpeta en el asiento del copiloto.
- Muchas gracias por todo, Sofía. De verdad.
- De nada, Esteban. Conduce con cuidado.
Esteban se sentó frente al volante, introdujo la llave en el contacto y la giró.
Click, click, click.
El motor tosió débilmente, hizo un ruido ahogado y murió.
El estómago de Esteban se encogió. Intentó de nuevo.
Click. Silencio absoluto.
El joven practicante se quedó paralizado, con las manos apretadas alrededor del volante, y el sudor frío del pánico absoluto perló su frente.
- No, no, no. Ahora no, por favor -murmuró, intentando encenderlo una tercera vez sin éxito.
Sofía, que se había quedado de pie junto a la ventana abierta, frunció el ceño.
- ¿Problemas? -preguntó ella, asomándose.
- No arranca -dijo Esteban, y su voz delataba su terror inminente-- Se murió. El señor Thiago me va a despedir. Me va a aniquilar. Él cuenta con estos papeles físicos para la junta. ¡Voy a perder mi trabajo en mi segundo día!
Cuando finalmente el imponente edificio de cristal de VegaCorp apareció en su campo visual, el reloj del Jeep marcaba las 12:45. Habían llegado a tiempo.
Sofía apagó el motor y se giró hacia Esteban con una sonrisa triunfal.
- Misión cumplida, practicante.
Esteban soltó un suspiro de alivio tan profundo que pareció desinflarse en el asiento.
- Te debo la vida, Sofía. O al menos, mi carrera. No sé cómo pagarte esto.
- Invitándome a un café un día que no estés al borde de un ataque de nervios estará bien -sugirió ella, guiñándole un ojo.
Esteban sonrió de oreja a oreja y abrió la puerta para bajar, sosteniendo su preciada carpeta como si fuera oro. Sofía bajó con él, dando la vuelta al vehículo para despedirse adecuadamente.
Pero la escena de camaradería y alivio duró poco.
Justo cuando Esteban ponía un pie en el asfalto, las puertas giratorias de cristal de la entrada principal de la torre se abrieron, y una figura alta y ominosa salió al exterior.

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