Capítulo 30
CAPÍTULO 17
La noche, lejos de terminar, parecía tener una reserva inagotable de sorpresas tóxicas guardada bajo la manga para Alexander y Lucía.
Cuando Lucía salió del baño de damas, sentía que el vestido rojo, que horas antes había sido su armadura, ahora le pesaba como una cota de malla de plomo. La confesión de Marifer resonaba en su cabeza, mezclándose con la imagen de Victoria Navarro colgándose del brazo de Alexander, y con la presencia nauseabunda de Fernando en el mismo salón.
Al salir al pasillo, lo vio. Alexander estaba esperándola cerca de una de las columnas dóricas, con esa postura de depredador elegante, escaneando la multitud. Sus ojos grises se iluminaron con un alivio palpable al verla aparecer ilesa, y dio un paso hacia ella, listo para interceptarla y, probablemente, para interrogaria sobre qué le había dicho la periodista.
Pero Lucía no se detuvo.
No lo miró a los ojos. Decidió que su cupo de paciencia para lidiar con el "Harén de Alexander" se había agotado por esa noche. Habían pasado solo tres días desde que se reencontraron, tres días desde que él invadió su vida tranquila, y ya sentía que el aire le faltaba.
Pasó de largo frente a él, ignorando la mano que él extendió levemente para tocar su brazo. Su rechazo fue sutil pero cortante.
Alexander se quedó con la mano en el aire, confundido y visiblemente molesto, pero atrapado por un grupo de inversores que aprovecharon su distracción para abordarlo.
Lucía siguió caminando. Necesitaba respirar.
Necesitaba alejarse de todos: de las miradas de envidia, de los susurros, del perfume de las examantes y, sobre todo, de la hipocresía.
Sus pies la llevaron instintivamente hacia el único lugar de la mansión donde se había sentido genuinamente útil y bienvenida: la cocina.
Empujó la puerta batiente esperando encontrar el caos de los chefs y el calor de los hornos, un ruido blanco que acallara sus pensamientos.
Para su fortuna, y sorpresa, la inmensa cocina estaba vacía y en penumbras. Solo una luz de seguridad iluminaba las mesadas de acero inoxidable impecables. Fanny le había comentado que, para la gala, habían contratado un servicio de catering externo de ultra lujo que había montado sus carpas y cocinas móviles en el jardín trasero para no interferir con la logística de la casa.
La cocina principal estaba.desierta, silenciosa y fría.
Lucía soltó un suspiro largo y tembloroso. Se apoyó contra la isla central y se quitó los zapatos de tacón, sintiendo el frío del suelo de mármol en sus pies doloridos.
Buscó un vaso y se sirvió agua del dispensador de la nevera. El líquido helado bajó por su garganta, calmando un poco el nudo que tenía en el estómago.
Cerró los ojos, disfrutando de la soledad.
- Pensé que nunca te encontraría sola.
La voz, arrastrada y cargada de una familiaridad que le revolvió las entrañas, la hizo saltar. El vaso de agua resbaló de sus dedos y cayó al suelo, pero no se rompió; rodó con un ruido sordo sobre la alfombra de servicio.
Lucía se giró de golpe.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.