Capítulo 31
Cuando Lucía intentó pasar por su lado, Fernando reaccionó con violencia. Dejó caer su copa, que se hizo añicos contra el suelo, y le agarró la muñeca con fuerza, tirando de ella hacia él.
- ¡Suéltame! -gritó Lucía, intentando zafarse.
- No te vas a ir así, como si fueras superior a mí - siseó Fernando, apretando los dedos alrededor de su piel hasta hacerle daño-. Tú eras mía, Lucía. Yo te hice. Yo te dejé. Tú no eres nadie sin m...
El agarre no duró mucho.
De repente, la puerta principal de la cocina se abrió de golpe, golpeando la pared con una fuerza brutal.
Una figura negra cruzó el espacio en dos zancadas.
Fernando no vio venir el golpe. Solo sintió una mano de hierro que se cerraba sobre su hombro y lo arrancaba de Lucía con una fuerza descomunal, lanzándolo hacia atrás. Fernando tropezó con sus propios pies y chocó contra los armarios, perdiendo el equilibrio.
Alexander estaba parado entre ellos, con el pecho agitado y los ojos grises convertidos en dos tormentas de hielo y fuego. Había bajado a buscarla, molesto por su indiferencia, pero lo que había encontrado había despertado en él un instinto asesino que desconocía.
-¿Qué se supone que estás haciendo aquí con mi mujer? -rugió Alexander. Su voz era baja, pero cargada de una amenaza letal. Sus puños estaban cerrados a los costados, listos para destrozar la cara de su director legal.
Fernando se enderezó, pálido como un papel. El alcohol se le evaporó del sistema en un segundo al ver la furia del dueño de VegaCorp. Sabía que estaba en la cuerda floja. Si decía una palabra equivocada, no solo perdería su empleo, sino que Alexander podría destruirlo en la ciudad entera.
Miró a Lucía, que se frotaba la muñeca enrojecida, y luego a Alexander.
- Señor De la Vega... yo... -balbuceó Fernando-.
Solo estábamos... conversando. Hubo un malentendido.
- ¿Un malentendido? -Alexander dio un paso adelante-. Te vi tocándola. Te vi forzándola. Dame una sola razón para no sacarte de mi casa a patadas y asegurarme de que nunca vuelvas a trabajar en este país.
Fernando tragó saliva. No se iba a pelear con el jefe. Era un cobarde, siempre lo había sido.
- Lo siento. Bebí demasiado. No volverá a ocurrir.
Miró a Lucía una última vez con una mezcla de odio y miedo.
- Buenas noches -murmuró, y salió casi corriendo por la puerta de servicio, desapareciendo en la oscuridad del jardín como la rata que era.
El silencio volvió a la cocina, pero ahora estaba cargado de tensión.
Alexander se giró hacia Lucía. Su mirada fue directamente a su muñeca. Vio las marcas rojas de los dedos de Fernando en su piel pálida.
Alexander sintió una punzada física de dolor al verla lastimada. Quiso acercarse, quiso ver la herida, pero Lucía dio un paso atrás, poniendo distancia.
- ¿Estás bien? -preguntó él, con la voz ronca.
Lucía asintió, sin mirarlo, masajeándose el brazo.
Alexander asintió lentamente.
-Sí.
- Pues bien. -Lucía señaló la puerta por donde había huido Fernando-. Ese hombre, Fernando Castillo, tu brillante ejecutivo, tu empleado de confianza... es mi antiguo prometido.
Alexander se quedó petrificado. Sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies.
-¿Qué?
- Él es el hombre que me abandonó en el altar hace diez años -dijo Lucía, soltando cada palabra como un golpe-. Él es la razón por la que estaba llorando en esa acera cuando tú paraste tu coche.
Él es la razón por la que acepté tu contrato.
Lucía vio la comprensión, el shock y el horror cruzar el rostro de Alexander. Vio cómo los engranajes de su cerebro encajaban las piezas: la reacción de Fernando en la fiesta, la tensión, el reclamo en la cocina.
No era un amante. Era el verdugo.
- Y ahora, si me disculpas -dijo Lucía, recogiendo sus zapatos del suelo-, me voy a la habitación. Ya estoy cansada.
Pasó por su lado, descalza, con la dignidad de una reina herida. Alexander no intentó detenerla esta vez. Estaba demasiado aturdido, procesando el hecho de que había tenido al enemigo en casa todo este tiempo, y que acababa de acusar a su esposa de engañarlo con el hombre que le destrozó la vida.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.