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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 32

Capítulo 32

CAPÍTULO 18

Fernando Castillo.

Su director legal. El hombre al que le pagaba un sueldo millonario y al que invitaba a sus fiestas corporativas, era el mismo miserable que había destrozado la vida de su esposa hacía diez años.

La ironía era tan amarga que Alexander sintió el sabor de la bilis en la garganta. Había acusado a Lucía de tener un amante, cuando en realidad ella acababa de enfrentarsea su peor fantasma. Se sintió estúpido. Y Alexander de la Vega odiaba sentirse estúpido.

Sacó su teléfono celular del bolsillo interior del esmoquin con un movimiento brusco. Marcó el número de Damián.

Solo sonó una vez. Su jefe de seguridad nunca dormía, o al menos eso parecía.

- Señor -respondió la voz calmada de Damián.

- Damián -dijo Alexander, y su voz era un glaciar -. Cancela la investigación sobre los supuestos amantes de mi esposa. Estábamos buscando en la dirección equivocada.

- Entendido, señor. ¿Alguna nueva instrucción?

- Sí. Quiero que cambies de objetivo. Quiero que me investigues a nuestro director legal, Fernando Castillo.

Hubo una pequeña pausa al otro lado de la línea, producto de la sorpresa, pero Damián se recuperó al instante.

- ¿Al señor Castillo?

- A él. Quiero toda la información que logres reunir. Y cuando digo toda, es toda. Sus cuentas bancarias, sus movimientos en la empresa, sus correos electrónicos borrados, sus deudas de juego si las tiene, sus amantes... absolutamente todo. Quiero saber hasta qué marca de pasta de dientes usa y si le fue infiel a su esposa la semana pasada. Quiero tener suficiente munición para enterrarlo tan profundo que no pueda volvera ver la luz del sol.

-Lo tendrá a primera hora de la mañana, señor.

- Bien. -Alexander colgó y guardó el teléfono.

Se pasó una mano por el rostro, sintiendo el cansancio de una noche que había durado una década. Estaba agotado, física y mentalmente.

Caminó por el pasillo alfombrado hacia su habitación. Al llegar a la puerta doble, dudó un segundo. No sabía qué se encontraría al otro lado.

¿Una esposa llorando? ¿Una esposa haciendo las maletas para irse?

Giró el pomo y entró.

La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por la luz tenue que se filtraba desde la puerta entreabierta del baño.

Justo en ese momento, la puerta del baño se abrió por completo.

Lucía salió, envuelta en una nube de vapor.

Acababa de salir de la ducha. Su cabello mojado goteaba sobre sus hombros desnudos y su piel estaba sonrosada por el calor del agua. Lo único que llevaba puesto era una toalla blanca, corta y mullida, enrollada precariamente alrededor de su cuerpo, que apenas le cubría desde el pecho hasta la mitad de los muslos.

Capítulo 32 1

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