Capítulo 387
CAPÍTULO 301
(La Textilera abandonada - Kilómetro 45).
- Señor Thiago, debemos rodear el edificio y esperar a que el equipo de asalto... - intentó decir Vargas, preparando su chaleco antibalas.
- No hay tiempo para asedios, Vargas -lo cortó Thiago-Es probable que Sofía está ahí dentro con una mujer desquiciada. Ustedes cubran las salidas. Yo entro por la puerta principal.
Thiago pateó la puerta de metal oxidado de la entrada de la fábrica. El sonido resonó en el inmenso espacio vacío como un trueno.
Caminó con pasos sigilosos, usando la cobertura de los grandes pilares de cemento. Sus oídos se agudizaron, buscando cualquier sonido sobre el murmullo del río exterior.
Y entonces lo escuchó.
Una voz aguda, teñida de histeria y eco, proveniente del segundo nivel, en lo que
antiguamente era la pasarela de supervisión que cruzaba la nave principal.
- ...y tu madre pensó que había ganado, ¿verdad? -gritaba Victoria Navarro, su voz rebotando en las paredes vacías- Creyó que podía quedarse con Alexander, con la empresa y con el estatus, mientras yo me hundía en deudas por culpa de ese estafador de Fernando. ¡Todos ustedes se rieron de mí!
Thiago se movió rápido y en silencio, siguiendo el sonido de las voces.
La escena que vio le heló la sangre.
Sofia estaba de rodillas, con las manos aún atadas a la espalda por nuevas bridas y el rostro sucio de barro, pero su mirada verde estaba fija en su captora, sin rastro de lágrimas, llena de esa terquedad inquebrantable de los Flores de la Vega.
A un par de metros de ella, bloqueando el camino hacia las escaleras del otro extremo, estaba Victoria Navarro. En su mano temblorosa, sostenía un revólver plateado, apuntando directamente a la cabeza de Sofía.
No había matones a la vista.
- Mi madre no te quitó nada, Victoria - respondió Sofía con voz firme, intentando ganar tiempo, sabiendo que provocarla era peligroso pero negándose a morir en silencio-. Fernando te robó. Y tú decidiste seguir el mismo camino criminal. No somos responsables de tus malas decisiones.
- ¡Cállate! -chilló Victoria - ¡No me hables de malas decisiones, mocosa insolente! Quiero ver cómo se le borra esa sonrisa de mujer perfecta cuando te vea en una bolsa.
Thiago supo que no podía esperar más. Victoria estaba al límite; el mínimo sonido la haría apretar el gatillo por puro reflejo nervioso. Tenía que llamar su atención y darle a Sofía una oportunidad.
Respiró hondo, salió de su escondite.
- Victoria -llamó Thiago, con una voz potente y autoritaria que llenó la inmensa nave industrial, como si estuviera presidiendo una junta de accionistas.
Victoria dio un respingo y se giró bruscamente, apuntando el arma hacia la nueva amenaza.
Sofía levantó la cabeza de golpe. Al ver a Thiago allí, sintió que el aire volvía a sus pulmones. Él había venido. Él la había encontrado.
- ¡No te acerques! -gritó Victoria, retrocediendo un paso, manteniendo el arma oscilando entre él y Sofía- ¡No intentes jugar al héroe conmigo!
- No estoy jugando, Victoria. Y tú tampoсо — dijo Thiago, avanzando lentamente, paso a paso, manteniendo la mirada fija en los ojos desquiciados de la mujer, atrayendo todo el foco de atención hacia él- Baja el arma. No vas a disparar. Tú eres una mujer de negocios, te gusta el dinero y el estatus. Asesinar a la hija de Alexander de la Vega no te dará ninguna de las dos cosas. Te dará una cadena perpetua en una cárcel de máxima seguridad.
- ¡No me importa! -sollozó ella, histérica- ¡Ya lo perdí todo! ¡Mi padre murió arruinado, Fernando me dejó en la calle y la sociedad me da la espalda! ¡Solo me queda la venganza!
- Suelta a Sofía. Déjala ir. Y te juro que yo personalmente me encargaré de que recibas una cantidad suficiente para que vivas como una reina en los próximos veinte años.
Miró hacia arriba.
Thiago estaba allí.
Había logrado lanzarse sobre Victoria en el último microsegundo, desviando el cañón del arma justo cuando ella disparaba. La bala había impactado en el techo de chapa de la fábrica.
De un golpe seco, le había arrebatado el arma de las manos y la había lanzado lejos de ellos.
La mujer luchaba y gritaba bajo él, presa de un ataque de histeria total, pero él la mantuvo inmovilizada, apretándole los brazos contra la espalda.
Segundos después, el equipo táctico inundó la fábrica. Vargas personalmente le colocó las esposas a Victoria, mientras ella seguía gritando maldiciones contra Lucía y la familia entera.
Thiago se puso de pie, respirando agitadamente.
Se giró hacia Sofía, que seguía de rodillas en el suelo. No hubo formalidades. Se arrodilló frente a ella, sacó una pequeña navaja de su bolsillo y cortó las bridas que apresaban sus manos en un segundo.
Thiago no esperó a que hablara.
La tomó del rostro con ambas manos, las palmas calientes y firmes contra sus mejillas sucias, y la besó.
Sofía respondió al beso con la misma intensidad, aferrándose a su camisa, sus dedos enterrándose en la tela, anclándose a la vida y al hombre que acababa de arriesgar la suya por ella.
Cuando finalmente se separaron por falta de aire, Thiago apoyó su frente contra la de ella.
- Estás a salvo -murmuró él, con la voz rota y ronca.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.