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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 386

Capítulo 386

CAPÍTULO 300

El tiempo se agotaba y la familia de la Vega, operando con una precisión nacida de la desesperación, se había dividido para cubrir el terreno que los descubrimientos de Karla.

La conexión estaba clara. Victoria Navarro no quería negociar; quería castigar. Nunca hubo una llamada exigiendo rescate porque la venganza de la viuda no se tasaba en millones, sino en dolor. Quería que Alexander, Lucía y Elisa sintieran el mismo desgarro de perderlo todo que ella había sentido al perder su estatus y su fortuna.

- Mateo y yo tomaremos el Aserradero Sur - había ordenado Alexander, cargando su arma con movimientos fluidos- Thiago, tú y el equipo Bravo de Vargas irán a la Textilera abandonada y al Aserradero Norte.

- Entendido -había respondido Thiago, con los ojos oscuros y la mandíbula tensa, sintiendo que cada segundo perdido era una sentencia para Sofía.

Ahora, los equipos estaban en posición.

(Aserradero Sur) - ¡Movimiento a la derecha! -susurró uno de los guardias, levantando el cañón de su rifle.

Alexander hizo una seña para que se detuvieran.

Encendió una potente linterna y barrió la zona.

Allí, semioculta bajo una lona alquitranada, estaba la furgoneta blanca.

- Están aquí -dijo Mateo, sintiendo un nudo en la garganta.

Se acercaron al vehículo con precaución, pero las puertas traseras estaban abiertas y la cabina vacía.

Avanzaron hacia la entrada principal del aserradero, pateando la puerta de madera hinchada por la humedad. Encendieron las luces tácticas. El polvo flotaba en los haces de luz blanca.

De repente, un gemido ahogado se escuchó desde el fondo de la nave principal, cerca de las antiguas sierras circulares.

Mateo no esperó la orden de su padre. Corrió hacia el sonido, ignorando el peligro de una

emboscada, iluminando el espacio con su propia linterna.

Atado a una pesada columna de hierro, con una mordaza improvisada y la cabeza ensangrentada, estaba Benicio.

- ¡Benicio! -gritó Mateo, arrodillándose a su lado y arrancándole la cinta de la boca con cuidado.

Benicio tosió, escupiendo polvo y sangre seca.

Parpadeó, cegado por la luz.

- Primo... -balbuceó Benicio, intentando sonreír aa pesar de tener un ojo hinchado y cerrado- Al fin llegas. Se estaban tardando. El servicio de habitaciones aquí es pésimo.

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