EPÍLOGO- Alexander y Lucia
Lucía Flores De la Vega estaba sentada frente al inmenso escritorio. A su lado, Alexander.
Frente a ellos, sentados en dos sillas ligeramente grandes para sus tamaños, estaban Mateo y Sofía. Los niños miraban al juez con los ojos muy abiertos, moviendo las piernas nerviosamente y aferrando en sus manos los peluches que Alexander les había comprado esa misma mañana.
El juez revisó el grueso expediente que descansaba sobre su escritorio. Leyó en silencio durante un minuto, asintiendo lentamente, antes de levantar la vista hacia la pareja.
— Señora de la Vega... Señor de la Vega —comenzó el juez, con voz pausada y solemne— He revisado minuciosamente el expediente. Los informes socioambientales, las evaluaciones psicológicas de los menores y el periodo de vinculación extendida en la finca y en el apartamento han sido... impecablemente positivos. Es raro ver un caso de adopción de hermanos mayores que se adapte con tanta naturalidad y amor al entorno de los solicitantes.
— Originalmente, la solicitud ingresó como una adopción monoparental a cargo de la señora Lucía Flores —continuó el juez, pasando una página y mirando a Alexander por encima de las gafas— Un trámite inusual para un matrimonio establecido. Sin embargo, tengo entendido, por el anexo presentado por el doctor Larrea hace un año, que ha habido una enmienda sustancial en la petición.
El juez se dirigió directamente al magnate.
— Señor Alexander de la Vega, ¿es su deseo expreso y voluntario, sin coacción de ningún tipo, adherirse a esta solicitud como padre adoptante en conjunto con su esposa? ¿Asume usted la responsabilidad legal, emocional y financiera total e irrevocable sobre los menores?
El silencio cayó en el despacho.
Alexander no dudó. No hubo titubeos ni microexpresiones de duda.
Alexander volvió la vista hacia el juez y su voz, profunda y resonante, llenó la sala.
— Sí, su señoría. Es mi deseo absoluto. No asumo esta responsabilidad por obligación, ni por la empresa, ni por imagen pública. Asumo la paternidad porque estos niños ya son míos en mi corazón. Lo son desde el día que cruzaron la puerta de mi casa.
El juez sonrió, complacido. Extendió el documento oficial, marcado con varios sellos notariales, y deslizó una pesada pluma de oro sobre el escritorio.
— Entonces, si ambos están de acuerdo, procedan con las firmas.
Lucía fue la primera. Tomó la pluma con mano firme y firmó su nombre, sellando el sueño por el que tanto había luchado.
Luego, le pasó la pluma a Alexander.
Él la tomó. Miró el espacio en blanco donde su nombre consolidaría el acto.
Alexander firmó con un trazo enérgico y seguro.
El juez golpeó el documento con su sello oficial. Un golpe seco y definitivo.
— Felicidades, señor y señora De la Vega —anunció el juez, levantándose para estrecharles la mano— Oficialmente, son ustedes los padres de Mateo y Sofía. Que sean muy felices.
Lucía rompió a llorar, unas lágrimas de alegría pura que no intentó ocultar. Se agachó inmediatamente, abriendo los brazos, y los dos niños se lanzaron hacia ella, abrazándola con una fuerza que casi la derriba.
Alexander se agachó a su lado, envolviéndolos a los tres con sus brazos largos. Mateo, el niño que una vez había preguntado con decepción si él sería su papá, escondió el rostro en el hombro de Alexander, aferrándose al cuello de su camisa.
Mientras los fotógrafos preparaban el encuadre perfecto y los flashes seguían parpadeando, Alexander bajó la cabeza, acercando los labios a la oreja de Lucía.
— ¿Recuerdas aquel día en la iglesia, bajo la lluvia? —le susurró él en un murmullo profundo, que solo ella pudo escuchar por encima del griterío de la prensa.
Lucía se giró ligeramente para mirarlo a los ojos, sintiendo un escalofrío dulce en la nuca.
— ¿Cómo olvidarlo? Creí que era el peor día de mi vida. Me ofreciste un contrato innegociable.
— Me equivoqué en algo importante en ese contrato—susurró Alexander, acariciando su cintura con el pulgar.
— ¿En qué te equivocaste, Señor de la Vega? —preguntó ella, con una sonrisa cómplice bailando en sus labios.
— Me faltó agregar la cláusula más importante de todas. —Alexander sonrió, mirándola con una devoción absoluta— La que decía que estarías atada a mí para toda la vida. Te amo, Lucía. Y esta vez, no hay letra pequeña.
Lucía sintió que el corazón le estallaba de felicidad. La sonrisa que iluminó su rostro fue tan radiante que cegó momentáneamente a las lentes.
— Yo también te amo, Alexander.
La miró con adoración, y la cámara principal disparó en ese preciso instante.

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