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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 43

Alexander soltó el bolígrafo. Se quedó paralizado.

— ¿Cómo dices?

— Una mujer con dos niños, señor.

El cerebro de Alexander hizo un cortocircuito. Hasta donde él sabía, Lucía no tenía hijos. Damián había investigado su vida entera. ¿Se le había pasado ese "pequeño" detalle? ¿Lucía tenía hijos secretos? ¿O peor... eran hijos suyos que alguna ex-amante había traído para reclamar paternidad y Lucía los había interceptado?

El pánico, una emoción que Alexander rara vez experimentaba, le cerró la garganta.

«Lo que me faltaba», pensó. Su abuelo estaba rondando el edificio en ese preciso momento, inspeccionando el departamento de finanzas con Rodrigo.

— Déjelos ahí —ordenó Alexander, poniéndose de pie de un salto—. Que no se muevan. Ya voy a bajar.

Salió de su oficina como una exhalación, ignorando la mirada curiosa de Magda. Entró en el ascensor privado y marcó la planta baja, tamborileando los dedos contra el metal frío mientras descendía.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo, Alexander salió con paso de guerra, listo para enfrentar el desastre.

Pero lo que vio lo detuvo en seco.

Allí estaba Lucía, con la barbilla en alto, enfrentando la mirada despectiva de la recepcionista. Y a sus lados, agarrados de sus manos como si fueran su escolta personal, estaban Thiago y Benicio.

Sus sobrinos.

No eran hijos secretos. Eran los hijos de Rodrigo.

Alexander soltó el aire que contenía, sintiendo una mezcla de alivio y confusión.

— ¿Qué hacen acá? —murmuró.

La recepcionista, al ver aparecer al gran jefe en persona, palideció. Se puso de pie rápidamente, alisándose la falda.

— Señor De la Vega... esta mujer insiste... yo intenté decirle que... —La mujer miró a Alexander con esperanza, esperando que él desenmascarara a la impostora—. ¿La conoce, señor?

Alexander miró a Jessica, luego miró a Lucía. Vio la humillación en los ojos de su esposa y la protección feroz con la que sostenía a los niños.

Se acercó a ellas con paso firme, colocándose al lado de Lucía y pasando un brazo por su cintura, marcando territorio frente a todo el vestíbulo.

— Sí, la conozco —dijo Alexander con voz potente, que resonó en el mármol—. Es mi esposa. La señora De la Vega. Y estos son mis sobrinos.

— Podría —concedió ella—, pero tu primo le prometió a Thiago hace semanas ayudarlo con sus tareas y siempre llega tarde o no aparece. Pensé que si traía a los niños a su lugar de trabajo, tal vez Rodrigo recordaría que es padre además de ejecutivo.

Alexander se quedó callado. Miró a Thiago, que observaba el río desde las alturas con una expresión seria, y a Benicio, que saltaba de emoción. Él casi no compartía con sus sobrinos. No porque no los quisiera, sino porque no le gustaban mucho los niños. Le parecían ruidosos, pegajosos e impredecibles.

Pero verlos allí, en su ascensor, bajo la protección de Lucía, le provocó una sensación extraña en el pecho. Una sensación de... clan. De estar en familia.

— Bueno —dijo Alexander, rompiendo el silencio—. Ya que estamos todos acá... ¿qué quieren conocer?

Thiago y Benicio se giraron al mismo tiempo, con los ojos brillando.

— ¡El salón de juegos! —gritaron al unísono.

Alexander parpadeó.

— ¿Cómo saben que hay un salón de juegos?

— Lo vimos en internet —dijo Thiago—. En un video de "Las mejores oficinas del mundo". Dicen que tienen mesas de todo.

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