CAPÍTULO 23
El trayecto hacia el distrito financiero fue una mezcla de adrenalina y duda. Lucía miraba por la ventanilla del coche blindado mientras los edificios de la ciudad crecían en altura y frialdad a medida que se acercaban al corazón corporativo de la metrópolis.
No sabía si estaba haciendo lo correcto. De hecho, una voz en su cabeza —que sonaba sospechosamente parecida a la de Alexander— le decía que era una imprudencia llevar a dos niños a una sede corporativa sin aviso previo. Sin embargo, al mirar a Thiago y Benicio en el asiento de al lado, con las narices pegadas al cristal y los ojos brillantes de emoción, supo que valía la pena el riesgo.
Ninguno de los empleados de la mansión se había animado a detenerla. Fanny solo había sonreído con complicidad y Martínez, el chofer, era nuevo desconocía por completo la dinámica familiar de la familia de la Vega.
— Si toda la familia está allí, ¿por qué ellos no podrían ir también? —murmuró Lucía para sí misma, alisándose la falda de su vestido. Eran De la Vega. Esa torre llevaba su apellido. Tenían más derecho a estar ahí que cualquiera de los ejecutivos que caminaban por los pasillos.
— ¡Mira ese! —gritó Benicio, señalando una estructura de cristal y acero que desafiaba a las nubes—. ¿Esa es la oficina de papá?
Lucía siguió su dedo. La Torre Vega se alzaba majestuosa frente al río, reflejando el sol de la tarde como una joya inalcanzable. Era, sin duda, una de las torres más altas de la ciudad, un monolito que representaba el poder absoluto, el lujo y la ambición desmedida de la familia.
— Esa es —confirmó Lucía—. Y vamos a entrar por la puerta grande.
El coche se detuvo en la entrada principal. Lucía bajó, flanqueada por sus dos sobrinos políticos, que de repente se sentían pequeños ante la inmensidad del vestíbulo. El lugar era impresionante: techos de triple altura, suelos de mármol negro pulido y un silencio reverencial solo roto por el taconeo de secretarias apresuradas.
Se acercaron al mostrador de recepción, un bloque de granito gris custodiado por tres recepcionistas que parecían modelos de pasarela. Una de ellas, una rubia con una blusa de seda impecable, levantó la vista con desdén al ver al trío inusual.
— Buenas tardes —saludó Lucía con su mejor sonrisa—. Venimos a ver al señor Alexander De la Vega.
La recepcionista la escaneó de arriba abajo. Vio el vestido sencillo de Lucía, su bolso práctico y a los dos niños con las manos manchadas de chocolate.
— ¿Tienen cita? —preguntó la mujer con tono gélido.
— No, no tenemos cita. Pero soy su esposa.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.