CAPÍTULO 24
La "excursión familiar" improvisada había llegado a su fin, y ahora tocaba reorganizar el regreso a la mansión.
— Yo me llevaré a mis hijos —anunció Rodrigo, tratando de recuperar algo de autoridad paternal—. Pero no traje mi coche.
— No hay problema —intervino Lucía con rapidez, antes de que se formara un conflicto—. Martínez, mi chofer, puede llevarlos. El coche es grande y seguro.
Rodrigo la miró con recelo, pero asintió. Subió al vehículo blindado con Thiago y Benicio, quienes seguían eufóricos contando anécdotas sobre la sala de juegos y el ascensor de cristal. Martínez cerró la puerta y partió primero.
Los abuelos subieron a su auto clásico, con Augusto tarareando una vieja canción, visiblemente revitalizado por haber pisado su imperio nuevamente.
Quedaron solo ellos dos. Alexander y Lucía, parados junto al deportivo biplaza de él, un Aston Martin gris plata que gritaba velocidad y soltería.
Alexander abrió la puerta del copiloto. No era un gesto de caballerosidad automática; era una invitación a entrar en su espacio personal.
— Sube —dijo él.
Lucía se acomodó en el asiento de cuero bajo, sintiendo cómo el habitáculo la envolvía. Alexander rodeó el vehículo, se quitó el saco del traje para conducir más cómodo y se sentó al volante.
Se incorporaron al tráfico de la autopista en silencio. La ciudad empezaba a encenderse, convirtiéndose en un mar de luces rojas y blancas.
Alexander conducía con una mano en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios, con una relajación que contrastaba con la tensión habitual de su mandíbula.
— Creo que fue buena idea que trajeras a los niños —dijo él de repente, rompiendo el silencio sin apartar la vista de la carretera.
Lucía se giró para mirarlo, sorprendida por la concesión.
— ¿Lo dices en serio? Pensé que estabas furioso por la invasión.
— Al principio sí. Odio las sorpresas en el trabajo. Pero... verlos ahí, ver cómo el abuelo les explicaba la historia del edificio... —Alexander suspiró—. Tienes razón. Es su legado. No sé por qué he tardado tanto tiempo en compartir con ellos. Supongo que los veía como una extensión de Rodrigo y Elisa, y no como individuos.
— Es triste —comentó Lucía suavemente—. Viven en la misma casa, pero parecen extraños. No viven todos juntos realmente, solo comparten el código postal.
— En realidad nunca viví con mis sobrinos —corrigió Alexander, y su voz adquirió un tinte melancólico—. Cuando yo era niño, esa casa estaba viva. Mis padres viajaban, pero los abuelos siempre estaban. Luego, cuando mi abuelo entró en coma hace diez años y se desató la guerra por la sucesión, el ambiente se volvió tóxico. Me fui de la mansión en cuanto pude. Compré mi ático para no tener que verle la cara a mi tío Roberto en el desayuno todos los días.
Lucía lo observó. Empezaba a entender la coraza de hielo de su esposo. No era solo arrogancia; era supervivencia.
Lucía sintió que la cara le ardía.
—Alexander, no te estoy proponiendo nada —aclaró rápidamente, indignada—. Era una pregunta filosófica.
— Lo sé —se rió él, volviendo a mirar al frente cuando el semáforo cambió a verde—. Pero para responderte: no pensé nunca en tener hijos, Lucía. Mi vida no estaba diseñada para eso. Pero... sí me gusta mucho practicar para tenerlos.
El chiste cayó pesado entre ellos.
Lucía se giró hacia la ventanilla, apretando los labios.
— Sabes qué... no me respondas. Creo saber que no te gustan los niños. Solo te gusta el proceso.
— Exacto.
Lucía prefirió no contestar. Ya se había dado cuenta de que "practicaba" seguido. Las imágenes de Marifer, Victoria y Constanza volvieron a su mente. Alexander era un hombre físico, un hedonista. La idea de familia para él era un concepto abstracto, necesario solo para heredar, mientras que para ella era el centro de su universo. Esa diferencia era un abismo entre los dos.
Alexander notó el cambio en el ambiente. Sabía que su comentario había sido inoportuno, una defensa automática para no hablar de sentimientos reales, pero no supo cómo arreglarlo sin parecer blando. Así que subió el volumen de la radio y condujo el resto del camino en silencio.

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