Capítulo 46
La cena en la Mansión De la Vega fue un evento ruidoso esa noche.
Augusto, eufórico por su excursión a la empresa, presidía la mesa con una energía renovada.
Rodrigo y Elisa comían en silencio, masticando su resentimiento junto con el asado, mientras los niños no paraban de hablar de la "tía Lucía".
- Ha sido un día productivo-declaró Augusto, levantando su copa de vino tinto-. He visto que la empresa sigue en pie, aunque hay cosas que cambiar. Pero lo más importante es que he visto futuro.
Miró a Alexander y a Lucía, que estaban sentados uno al lado del otro.
- Ustedes dos -los señaló con el cuchillo de plata -. Deberían de apurarse en tener sus propios hijos. Benicio y Thiago necesitan primos. Y yo necesito asegurar la siguiente generación antes de irme a la tumba.
Lucía casi se atraganta con el agua. Alexander le dio unas palmaditas en la espalda, con una sonrisa tensa.
- Necesitamos más tiempo.
- - El tiempo es un lujo que los viejos no tenemos sentenció Augusto-. Lucía es joven, sana y tiene caderas fuertes. No veo cuál es el impedimento. A menos que tú, Alexander, estés fallando en tus deberes nocturnos.
Elisa soltó una risita maliciosa. Alexander apretó la copa hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
-Mis deberes están al día, abuelo. Gracias por tu interés.
Lucía sintió que quería desaparecer debajo de la mesa. La presión de esa familia era asfixiante. No solo tenía que fingir amor, ahora tenía que fingir fertilidad.
Cuando finalmente pudieron retirarse al refugio de su habitación.
Lucía se quitó los zapatos de un puntapié y se dejó caer sentada en el borde de la cama, frotándose las sienes.
Alexander se aflojó la corbata y fue directo al minibar para servirse un whisky doble.
- ¿Cuánto tiempo viviremos aquí, Alexander? - preguntó ella, con voz pequeña.
Alexander bebió un trago largo y se giró para mirarla.
- No lo sé, Lucía.
- Es que... es intenso. Tu abuelo, Elisa, la presión... No sé cuánto pueda aguantar fingiendo que todo es perfecto. Extraño mi casa. Extraño el silencio de mi clínica.
- Si te hace sentir mejor -dijo él, acercándose y apoyándose en el mueble frente a ella-, yo también extraño mi cama. Extraño mi ático, mi baño donde nadie entra, mi sillón cómodo...
Extraño mi vida.
-¿Y ya no eres el presidente de la empresa familiar? -preguntó Lucía, tratando de entender qué los retenía allí.
- Temporario, querida. -Alexander hizo una mueca-. Ahora que mi abuelo despertó, técnicamente él vuelve aser el presidente del consejo. Yo soy el CEO, el director ejecutivo, pero él tiene la última palabra y el poder de veto.
-¿Y por qué es tan importante para ti? -insistió ella-. Tienes dinero de sobra. Tienes tus propias inversiones. Podrías irte, dejarle todo a Rodrigo y vivir tranquilo.
Alexander dejó el vaso sobre la mesa con un golpe suave.
- Voy a ser honesto contigo, Lucía. No es solo el dinero. -Se pasó la mano por el pelo-. No quiero que Rodrigo quede como presidente. Él... no tiene la visión. Es mediocre, influenciable y, sospecho, corrupto. Si él toma el mando, destruirá en cinco años lo que a mi abuelo le costó cincuenta construir y lo que yo he expandido en los últimos diez.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.