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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 478

CAPÍTULO 67

Elena Duval cruzó el vestíbulo del Banco Saldivar con la confianza de quien conoce los secretos que se esconden tras las puertas cerradas. Vestía un abrigo de piel oscuro y un pañuelo de seda que ocultaba parte de su rostro, una precaución innecesaria dada la soledad del edificio, pero Enrique fue muy tajante con sus condiciones.

Entró en el despacho de Enrique sin llamar.

— Tanto te preocupa tu reputación que me haces venir cuando ya no queda ningún empleado en el banco, querido —dijo Elena con una voz cargada de un sarcasmo punzante. Se quitó el pañuelo y lo dejó caer sobre una silla de cuero— Es irónico, ¿no crees? Todo el mundo en la ciudad ya sabe que tu reputación está tan vacía como tus cajas fuertes.

Enrique la miró con odio, pero no tuvo fuerzas para replicar el insulto. Se limitó a servirse un poco de ginebra en un vaso de cristal tallado.

—No quiero que te vean cerca de mí, Elena. Menos aún mi madre —respondió Enrique con voz ronca— Ya está al borde de un ataque de nervios con los chismes de esta ciudad y el escándalo del otro día. No necesito aumentarle la presión viendo a una actriz en mi despacho a estas horas.

Elena soltó una carcajada seca, sentándose frente a él y cruzando las piernas con una elegancia felina.

— Tu madre siempre ha sido una mujer de principios anticuados, Enrique. Pero los principios no ganan guerras, y tú estás perdiendo la tuya contra Augusto de la Vega. Él te está asfixiando, te está quitando a tu mujer y pronto te quitará este banco.

— ¡Basta! —rugió Enrique, golpeando la mesa— Me dijiste por teléfono que tenías algo. Que habías descubierto el talón de Aquiles de ese maldito. ¿Qué encontraste tan valioso que justificara este encuentro?

Elena sonrió. Lentamente, abrió su bolso y sacó el sobre de papel madera que había robado de la habitación de Clara. Lo dejó sobre el escritorio, deslizándolo hacia Enrique como si fuera una pieza de arte prohibida.

— Léelos tú mismo —instó Elena— Son los cimientos del imperio De la Vega. O mejor dicho, son las grietas de esos cimientos.

Enrique tomó el sobre con manos temblorosas. Al extraer los documentos, sus ojos empezaron a devorar las líneas de texto legal, actas notariales extranjeras y certificados de transferencia de fondos. A medida que avanzaba en la lectura, su respiración se volvía más rápida y una sonrisa malévola empezó a dibujarse en sus labios.

— Lo sabía… —empezó a gritar Enrique, levantando la vista del papel con una expresión de triunfo psicótico— ¡Lo sabía! Era imposible que un don nadie, un muerto de hambre que cargaba sacos en el puerto, se hiciera rico de la noche a la mañana solo con "trabajo duro". Nadie construye esa fortuna en tres años sin un impulso que no venga del sudor.

— Es una herencia, Enrique. El capital de Augusto comenzó con una herencia—comentó Elena, encendiendo un cigarrillo— Pero fíjate en el donante.

Enrique volvió a los papeles, señalando un nombre con el dedo.

— ¿Quién es este hombre? Un extranjero… un tal Julian Thorne. No tiene ninguna relación de sangre con Augusto. ¿Cómo es posible que le haya legado esta cantidad de dinero a un sirviente de la ciudad? Esto debe ser un fraude, Elena. Un fraude o una operación de lavado de dinero que se remonta a los años de su exilio. Hay que averiguar quién era este Thorne y por qué eligió a Augusto. Ese hombre debió de tener otros parientes, gente con derecho legítimo que se quedaron fuera del testamento.

Enrique se puso de pie, caminando de un lado a otro detrás de su escritorio, agitando los papeles en el aire.

Capítulo 478 1

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