CAPÍTULO 76
Matilde Valente —ahora Matilde de la Vega, aunque el registro de la facultad aún conservara su apellido de soltera— se encontraba en la fila de graduados, envuelta en la toga negra que pesaba sobre sus hombros como el símbolo de un logro que le había costado sangre, sudor y mil noches de resistencia. A su lado, Teresa no paraba de juguetear con la borla de su birrete, con un brillo de euforia en los ojos que Matilde intentaba emular.
— ¡Lo logramos, Matilde! —susurró Teresa, inclinándose hacia ella— Ya no somos "niñas de sociedad" estudiando por pasatiempo. Somos historiadoras del arte.
Matilde asintió con una sonrisa, pero sus ojos buscaron instintivamente la primera fila de invitados. Allí, sentado con una prestancia que eclipsaba a cualquier otro hombre en la sala, estaba Augusto. Vestía un traje de tres piezas en gris marengo, impecable, y mantenía la espalda recta, con las manos entrelazadas sobre el regazo. No miraba el estrado, no miraba al rector; sus ojos oscuros estaban clavados en Matilde con una fijeza que le devolvía el aliento cada vez que ella sentía que el pánico la invadía.
Sin embargo, justo al lado de Augusto, había dos asientos vacíos que habían sido reservados para la familia Valente. La ausencia de Rodolfo y Leticia era un hueco negro en medio del resplandor de la mañana. Matilde se obligó a apartar la vista, sintiendo una punzada de amargura. Había pasado toda la semana intentando convencerse de que no le importaba, de que el destierro de su madre era el precio justo por su felicidad, pero ver el vacío físico en una fecha tan señalada era una herida que su orgullo de artista no lograba cerrar.
La ceremonia transcurrió entre discursos solemnes sobre el futuro y el compromiso con la cultura. Cuando el rector pronunció el nombre de Matilde, Augusto se puso en pie antes que nadie. El aplauso de él fue firme, sonoro, cargado de un orgullo que resonó en las bóvedas del aula. Matilde subió los peldaños del estrado, recibió su diploma y, por un segundo, el mundo se redujo a la mirada de su marido. En ese intercambio de ojos, Augusto le estaba diciendo que él veía todo el esfuerzo que nadie más había querido valorar.
Al salir al patio de la universidad, bajo el sol radiante que bañaba los jardines, el ambiente se volvió festivo. Los estudiantes lanzaban sus birretes al aire y las familias se abrazaban. Augusto se abrió paso entre la multitud y, sin importarle el protocolo, rodeó la cintura de Matilde y la levantó en vilo.
— Felicidades, historiadora del arte —dijo él, depositándola de nuevo en el suelo para besarla con una ternura que hizo que Teresa, que se acercaba con sus padres, soltara un suspiro de aprobación.
— Gracias por estar aquí, Augusto —susurró Matilde, aferrándose a su solapa— Significó mucho para mí verte en esa primera fila.
Augusto notó el rastro de tristeza que ella intentaba ocultar tras su sonrisa. Le acarició la mejilla con el pulgar, con esa capacidad que tenía para leerla sin palabras.
— Vámonos a casa, Matilde. El día aún no ha terminado y tengo una sorpresa esperándote.
— ¿Otra sorpresa? —preguntó ella divertida—. Augusto, ya me has dado muchas sorpresas. ¿Qué más puedes tener guardado?
— Confía en mí —respondió él, guiándola hacia el coche.
Augusto había organizado una fiesta sorpresa. No era una gala estirada de la alta sociedad; era una reunión íntima pero lujosa. Estaban sus profesores favoritos, algunos compañeros de la facultad que siempre la habían apoyado y una comida exquisita dispuesto en el jardín trasero. Carlos estaba allí, moviéndose con su habitual eficiencia, aunque su rostro reflejaba una melancolía que Matilde atribuyó al reciente rompimiento con Clara.
Matilde recorrió su hogar, viendo las flores que ella amaba decorando cada rincón y los lienzos nuevos que Augusto había hecho traer para su estudio. La felicidad la desbordaba, pero de vez en cuando, su mirada volvía a perderse hacia el horizonte, hacia la ciudad donde sus padres permanecían en silencio.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.