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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 54

Capítulo 54

CAPÍTULO 28

El trayecto hacia la Hacienda El Roble se sintió más largo que un viaje transatlántico. Alexander conducía con la mandíbula apretada, sus manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. La imagen de ella hablando por teléfono en la habitación, susurrando "Te amo, Mateo" y "Eres mi vida entera", se repetía en su mente como una grabación corrupta.

Lucía, por su parte, revisaba ansiosamente su celular, leyendo el historial clínico de Tormenta, el caballo enfermo. Notaba la tensión que irradiaba su esposo, pero la atribuía al fastidio de tener que hacer de chofer un sábado por la tarde.

Cuando finalmente el arco de entrada de la hacienda apareció en el horizonte, Alexander rompió el silencio con una voz que sonaba a lija.

- No te acostumbresa esto -dijo, sin mirarla-.

No soy el chofer de nadie, Lucía. Que sea la última vez que asumes que estoy a tu disposición para llevarte a tus "urgencias".

Lucía levantó la vista de la pantalla, sorprendida por la hostilidad gratuita.

- Nadie te obligó a venir, Alexander. Fue tu abuelo quien insistió. Yo iba a pedir un taxi o llamar a Martínez.

- Claro-soltó él con una risa amarga-. Hubiera sido más conveniente para ti venir sola, ¿verdad?

Así no tendrías testigos.

Lucía frunció el ceño, confundida.

-¿De qué estás hablando? Vengo a trabajar. Hay un animal sufriendo.

El coche se detuvo frente a la entrada principal con un frenazo brusco que levantó grava y polvo.

Alexander apagó el motor, pero no hizo ademán de bajar.

Lucía lo miró un segundo más, sacudió la cabeza ante su comportamiento irracional y se bajó del coche sin decirle nada más. No tenía tiempo para lidiar con el ego herido de un millonario cuando un pura sangre de dos millones de dólares estaba en riesgo de muerte.

Alexander la vio caminar hacia el edificio principal con paso decidido, su vestido ligero moviéndose con la brisa. Por un momento, pensó en arrancar el coche, dar media vuelta y dejarla ahí. Que viera cómo volver.

Pero algo lo detuvo. Una curiosidad masoquista.

Si el tal "Mateo" era tan importante como para que ella le dijera que era "su vida entera", Alexander quería verle la cara. Quería saber contra quién estaba compitiendo. Quería saber por quién lo estaban tomando por estúpido.

Además, estaba la excusa perfecta: los negocios.

Siempre podía decir que estaba interesado en invertir en equinos.

Apagó el motor, tomó sus gafas de sol y bajó del vehículo, siguiéndola a una distancia prudente.

El capataz de la hacienda, un hombre mayor con sombrero de ala ancha y rostro curtido por el sol, salió al encuentro de Lucía.

- Doctora Flores, gracias a Dios. Está muy inquieto.

Alguien que compartía la pasión de Lucía por los animales, alguien con quien ella tenía una conexión que iba más allá de lo profesional.

Alexander sintió que la sangre le hervía en las venas. La audacia de ella era insultante. ¿Sería capaz de traerlo a la casa de su amante?

El joven se giró al escuchar a Lucía. Tenía un rostro franco, atractivo, con el cabello castaño despeinado. Sus ojos mostraron un alivio inmediato al verla.

- Lucía... -dijo él, y Alexander notó la familiaridad, la falta de "Doctora" en el saludo-.

Empezó hace dos horas. No quiso comer y luego se tiró al suelo. Intenté caminarlo, pero se niega.

Estoy desesperado.

-Tranquilo -dijo Lucía, poniéndole una mano en el brazo al muchacho para calmarlo-. Vamos a sacarlo adelante. Pásame el estetoscopio.

Alexander observó el contacto físico. La mano de ella en el brazo de él. Fue un toque breve, profesional a los ojos de cualquiera, pero para Alexander, envenenado por los celos y el malentendido, fue una caricia intima.

Lucía empezó a auscultar al caballo. Después de unos minutos de silencio tenso, donde solo se escuchaba la respiración del animal, ella se enderezó y pareció recordar que no estaba sola.

Se giró hacia la entrada del box y vio a Alexander parado allí, como una sombra amenazante bajo el marco de madera.

- Ah... -Lucía carraspeó, sintiendo de repente la densidad del aire-. Alexander, te presento a Mateo Pérez Soria. Él es el hijo de los dueños de la hacienda y el jinete principal de Tormenta.

Mateo se limpió la mano en el pantalón y se acercó a la entrada, extendiéndola con una sonrisa educada pero confundida por la presencia de ese hombre de traje en medio de un establo.

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