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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 313

Capítulo 313

CAPÍTULO 229

Antes de que Elisa pudiera responder a la inesperada llegada de los jóvenes, Benicio, siempre el instigador de las conversaciones incómodas, rompió el hielo con su habitual falta de tacto.

-Y, ¿qué estamos haciendo aquí, cerca de los palcos de apuestas, pareciendo que vamos a un funeral? -preguntó Benicio, mirando divertido la postura ligeramente asustada de Esteban ante la presencia de sus jefes y la actitud protectora de Sofía-¿Hay una carrera privada que vamos aver?

¿Un jockey secreto por quien apostar fuerte esta tarde?

La palabra apostar hizo que Esteban diera un respingo casi imperceptible, temiendo que la familia supiera más de sus aficiones ocultas de lo que demostraban. Sofía, ajena a los vicios secretos de su cita y enfocada en rescatarlo del escrutinio de su primo y de Karla, intervino con rapidez. Le dedicó a Esteban una sonrisa cómplice y tranquilizadora.

- No, no hay carreras para nosotros hoy, Beni - respondió Sofía con un tono ligero, cortando el tema con una voz que no admitía discusiones de pasillo- Solo le estaba mostrando a Esteban la zona de los palcos porque le daba curiosidad la arquitectura del lugar. Pero ya terminamos el recorrido por este lado del club. Nosotros vamos a volver a los corrales. Tengo que revisar a Eclipse antes de mi práctica y ver cómo siguen los demás animales, especialmente los potrillos.

Sofía no esperó respuestas ni permisos de su tía ni de su primo mayor. Se giró hacia Esteban con un gesto amable, casi una invitación a huir juntos.

- Vamos, Esteban. Volvamos a la zona segura. - bromeó ella, aligerando la presión.

- Vamos-Esteban asintió con fervor, su voz recuperando la normalidad al sentirse respaldado por ella. Le dedicó una última mirada de disculpa a Thiago y siguió a la joven, alejándose del grupo con evidente alivio.

Thiago dio un paso adelante, el impulso de detener a Esteban y exigirle explicaciones allí mismo, frente a todos, latiendo fuerte en sus puños. Quería preguntarle qué había pasado en la sala de copias, quería enfrentarlo, quería separarlo de Sofía. Pero se contuvo.

- Bien, ya se fue la jinete -dijo Elisa con desdén, aliviada de no tener que lidiar con botas sucias cerca de sus muestras de mantelería- Y por el amor de Dios, yo no quiero saber nada de animales hoy. Ustedes vengan conmigo. Junto con Karla vamos a terminar de elegir las paletas de colores para los almuerzos de la gala. Y necesito que tú, Thiago, decidas el vino. Son detalles cruciales.

Thiago suspiró. Quería ir a los corrales. Quería seguir a Sofía y a Esteban. Pero ahora tendría que pasar la tarde decidiendo sobre servilletas y manteles en lugar de vigilar a Esteban.

- Está bien, madre. Te ayudaré con eso - concedió Thiago, con los dientes apretados.

Benicio, aburrido hasta la muerte por la perspectiva de la decoración, se frotó las manos y miró hacia la dirección por la que Sofía y Esteban habían desaparecido.

- Yo paso del debate sobre el vino -anunció Benicio, con una sonrisa amplia- Me iré a ver el entrenamiento de Sofía. Seguro va a saltar los obstáculos más altos hoy. Y la verdad, verla montar es mucho más entretenido que discutir sobre si el salmón combina con el azul pastel de las flores de centro de mesa.

Quince minutos después, el grupo llegó a la pista principal de salto al aire libre.

Sofía ya estaba allí. Y Karla tuvo que admitir, con un deje de envidia amarga, que Thiago no había exagerado ni un ápice.

Sofía realmente era muy buena.

Montada sobre Eclipse, el inmenso semental azabache, Sofía parecía una extensión del propio animal. Vestida con su equipo de equitación ajustado, sin maquillaje y con el cabello recogido en una trenza apretada, volaba sobre los obstáculos de más de un metro y medio con una gracia y una potencia que dejaban sin aliento. No había rastro de la chica tímida del aeropuerto. Allí, en la pista de arena, ella era la reina indiscutible, feroz y precisa.

Apostado junto a la valla de madera blancа, observando cada salto con una mezcla de admiración y embeleso que no se molestaba en ocultar, estaba Esteban.

Thiago, parado a unos metros de distancia con Karla agarrada a su brazo, sintió que el nudo en su garganta amenazaba con asfixiarlo. Observó la complicidad entre su prima y su empleado, la forma en que Sofía se inclinaba desde la silla de montar para escuchar lo que Esteban le decía.

Karla, sintiendo la rigidez del brazo que sostenía, sonrió para sus adentros, dispuesta a apretar un poco más la herida, mientras la verdadera competencia de la tarde se libraba no en los saltos del caballo, sino los celos silenciosos.

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