Capítulo 314
CAPÍTULO 230
Ajenos a todo lo que sucedía en el Hipódromo Samanta y Mateo seguían su propio viaje paralelo por la costa sur.
Mateo estaba de pie frente al espejo, ajustándose los puños de una camisa. A través del reflejo, observó a Samanta, que estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata del hotel, mirando hacia el horizonte con una expresión indescifrable.
- Esta es nuestra última noche aquí-dijo Mateo, acercándose a ella con paso ligero.
Samanta se tensó ligeramente. Significaba volver a la ciudad. Volver a Héctor.
- Lo sé -murmuró ella, bajando la vista hacia sus manos entrelazadas en su regazo.
Mateo notó su melancolía y decidió que era el momento de actuar. Se arrodilló detrás de ella en la cama y la rodeó por la espalda con sus brazos fuertes, apoyando su barbilla en el hombro desnudo de Samanta. Su cercanía irradiaba calor y una seguridad abrumadora.
- Alistate -le susurró él al oído, y su aliento le hizo cosquillas en el cuello- Te tengo una sorpresa.
Samanta se giró a medias, buscando sus ojos oscuros.
- Mateo, ¿qué quieres hacer? No sé si sea buena idea. No tenemos que hacer nada grandioso, estar aquí contigo ya es suficiente.
Él le dio un beso suave en el lóbulo de la oreja.
- Déjate sorprender, Samanta -le pidió él, con un tono que mezclaba la súplica con la autoridad de un hombre enamorado- Confía en mí. Te prometo que valdrá la pena.
El corazón de Samanta latió con fuerza. Se apoyó contra el pecho de él, cerrando los ojos.
- Confío en ti-le contestó en un susurro.
Pero para sus adentros, mientras él la abrazaba, un pensamiento tóxico se abría paso: <Confío en ti, Mateo. Es en mí en la que no confío». No confiaba en su capacidad para mantenerlo a salvo de su propio mundo oscuro, ni en su fuerza para rechazarlo cuando la realidad los alcanzara.
Mateo se levantó de la cama, depositando un último beso en su cabeza.
- Saldré de la habitación para que te prepares tranquila. He dejado algo para ti en el armario. Te espero abajo, en el vestíbulo, en una hora. No te apresures, pero no me hagas esperar demasiado, o subiré a buscarte.
Salió de la suite, cerrando la puerta con suavidad.
Samanta se quedó sola.
Caminó hacia el armario y lo abrió.
Dentro había un vestido.
No era un vestido de tienda de recuerdos ni algo comprado a la carrera. Era un diseño exquisito de seda en color champán. Junto al vestido, en una caja pequeña, había unos zapatos a juego.
Mateo lo había pensado en todo. En la talla, en el estilo, en hacerla sentir como una reina, no como la bailarina de un club nocturno.
Samanta se pasó las manos por la cara. La culpa amenazó con asfixiarla. Estaba segura que Héctor sabía que estaba junto a Mateo, él lo estaba esperando para destruirlo, para exprimirlo. Y Mateo le estaba regalando el mundo ajeno a toda amenaza.
Mientras Samanta se arreglaba frente al espejo del baño, hizo una promesa silenciosa a su propio reflejo asustado.
<<<Un día más», se prometió a sí misma, delineando sus ojos con cuidado. <Me permitiré soñar un día más. Me pondré el vestido, cenaré con él, seré feliz esta noche. Pero mañana... esto tiene que terminar». Mañana volvería a la ciudad y cortaría los lazos, rompiéndole el corazón si era necesario, para salvarle la vida.
Exactamente una hora después, Samanta bajó.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.