Capítulo 53
- Y bien dice Elisa que lleva muchos años - insistió Rodrigo, sudando ligeramente-. Ella puede explicarle a Lucía cómo funcionan las cosas, pero... subordinarla sería humillante.
Augusto soltó una risa ronca.
- ¿Subordinarla? Nadie habló de subordinación.
Hablé de colaboración. Y te tengo una noticia más, para que se la lleves a tu esposa: tu abuela Matilde también va a regresar.
El color abandonó el rostro de Rodrigo.
- ¿La abuela?
- Sí. Ella se movió de la Fundación hace diez años para dedicarse a mí al cien por ciento, para cuidarme en esa cama de hospital. Pero ahora que estamos todos de vuelta y yo estoy mejor, ella va a regresar a la presidencia honoraria. Ella fundó esa organización, Rodrigo. Conoce cada centavo que entra y sale.
Rodrigo sintió que el suelo se abría. Matilde era meticulosa. Si Matilde volvía a revisar los libros contables con Lucía (que era inteligente y austera), el esquema de desvío de fondos que él y Elisa habían montado se derrumbaría en una semana.
- Las tres mujeres de la familia serán la cara visible -continuó Augusto, implacable-. Matilde, Elisa y Lucía. Tres generaciones. Es perfecto para la prensa.
- Estoy de acuerdo con eso... supongobalbuceó Rodrigo, tratando de ocultar su pánico-.
Solo... no quiero que rebajen a mi esposa. Ella tiene su orgullo.
- Rodrigo, ella puede seguir encargándose de lo que hace. Los eventos, las flores, los canapés.
Lucía se encargará de los programas sociales reales, de los niños y los animales, que es lo que sabe hacer. Y Matilde supervisará las finanzas.
El golpe final. Matilde supervisará las finanzas.
Rodrigo sintió ganas de vomitar.
- Ya te digo, es algo de tradición familiar, y quiero que todas participen -dijo Augusto, cerrando la carpeta mental del tema-. No voy a discutir más el asunto. La decisión está tomada.
Hubo un silencio tenso. Rodrigo sabía que insistir más sería sospechoso. Tenía que salir de allí y advertir a Elisa.
Se puso de pie, derrotado.
- Entiendo, abuelo. Se lo comunicaré.
- Deben estar en sus cuartos, o con la niñera.
- Tráemelos -ordenó Augusto, y su voz se suavizó por primera vez en toda la conversación-.
Quiero verlos. Ayer, cuando fueron a la empresa con Lucía, me di cuenta de que no conozco a mis propios biznietos. Quiero que vengan a merendar conmigo. Quiero que me cuenten sobre esos autos a control remoto de los que hablaban.
Rodrigo asintió, aturdido por la mezcla de amenazas financieras y sentimentalismo familiar.
- Los traeré, abuelo.
- Y Rodrigo... -añadió Augusto cuando su nieto estaba en la puerta-. Dile a Elisa que deje de preocuparse por su puesto y empiece a preocuparse por limpiar los libros contables antes de que Matilde llegue. Tu abuela tiene vista de águila para los números que no cuadran.
Rodrigo se quedó helado.
El viejo lo sabía. O lo sospechaba.
Salió del despacho con el corazón desbocado. El tiempo se les acababa. Tenían que sacar a Lucía del camino, y tenían que hacerlo antes de la junta de la próxima semana.

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