Capítulo 56
CAPÍTULO 29
Alexander no había dormido en la habitación.
Tampoco había mandado colocar la cama supletoria que había amenazado con instalar.
Simplemente, no estaba. Su lado del colchón estaba frío, liso y perfecto, como si nunca hubiera sido ocupado. No había dejado nota, ni mensaje, ni rastro de su paradero.
Lucía se sentó en el borde de la cama y miró el espacio vacío. Una parte de ella, la parte insegura que Fernando había dañado años atrás, sintió el aguijón del rechazo. Pero la otra parte, la mujer que había levantado una clinica desde cero, decidió encogerse de hombros.
- Que haga lo que quiera -murmuró para sí misma, poniéndose las pantuflas-. Si quiere comportarse como un niño berrinchudo y dormir en el sofá del despacho o irse a un hotel, es su problema. Yo tengo cosas más importantes que hacer.
Era domingo. El día sagrado. No podía dejar pasar otro día sin ver a sus niños. Ya les había fallado muchas veces estos últimos días. Mateo y Sofía la necesitaban, y ella los necesitaba a ellos para recordar quién era realmente fuera de este circo de millonarios.
Se vistió con ropa cómoda: vaqueros, zapatillas y un suéter suave. Nada de sedas ni tacones. Se recogió el pelo y bajó las escaleras con decisión.
La casa estaba sumida en un silencio casi eclesiástico.
Sin embargo, al llegar al comedor de diario, encontró que no estaba sola.
Augusto y Matilde estaban desayunando. La escena era entrañable: el patriarca leía unos documentos con gafas de cerca mientras Matilde le servía más té.
- Buenos días -saludó Lucía, entrando con una sonrisa que esperaba que ocultara su preocupación por la ausencia de Alexander.
- Buenos días, hija -respondió Matilde con dulzura-. Siéntate, el café está recién hecho. ¿Y Alexander?
- Salió temprano -mintió Lucía con naturalidad, tomando una tostada-. Ya saben cómo es, siempre tiene algo que hacer.
Augusto gruñó una aprobación sin levantar la vista de sus papeles.
- Hace bien. El dinero no duerme. Estoy preparando los asuntos a tratar en la junta de mañana. Será una reunión decisiva.
- ¿Mañana tienen junta? -preguntó Lucía, untando mantequilla, solo por cortesía-. ¿Es algo rutinario?
- Es una junta extraordinaria -corrigió Augusto, dejando los papeles y mirándola por encima de sus gafas-. Y va toda la familia. Eso te incluye a ti también, Lucía. Quiero que estés presente.
Lucía se detuvo con la tostadaa medio camino.
No estaba segura de si era buena idea llevar a la matriarca de los De la Vega, pero luego miró los ojos bondadosos de Matilde. No había juicio en ellos, solo curiosidad genuina y un deseo de conectar.
<¿Qué podría salir mal?», pensó Lucía. «Quizás le haga bien ver la realidad».
- Por supuesto, Matilde -sonrió Lucía-. Vamos.
Pero le advierto que no es un viaje de turismo. Y tengo que pasar comprando desayuno para todos en el camino.
- Me parece un plan perfecto. Déjame buscar mi abrigo.
Cuarenta y cinco minutos después, el coche se estacionó frente a la fachada despintada del Hogar Santa María.
Lucía bajó primero y ayudó a Matilde. La anciana observó el edificio. Sus ojos recorrieron las grietas en la mampostería, las ventanas con marcos oxidados y el pequeño jardín que, aunque cuidado, necesitaba desesperadamente un jardinero profesional. No dijo nada, pero Lucía vio cómo su cerebro registraba cada detalle.
Entraron cargadas con las bolsas. El olor a café y pan tostado inundó el vestíbulo.
-¡Lucía! -La directora del orfanato, la Madre Superiora Elena, salió a recibirlas secándose las manos en el hábito-. Bendito sea Dios, llegaste.
Los niños están como fieras enjauladas esperándote.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.