— Hola, Madre —Lucía le dio un beso en la mejilla—. Traje refuerzos y desayuno. Le presento a la señora Matilde De la Vega. Mi... abuela política.
La Madre Elena abrió los ojos con sorpresa, pero saludó con calidez.
— Un honor, señora. Bienvenida a nuestra humilde casa.
— El honor es mío, Madre —respondió Matilde con humildad—. Gracias por recibirme.
En la sala común también estaba Alina, que estaba ayudando a poner la mesa larga de madera. Cuando vio a Matilde entrar con una caja de jugos, casi se le cae la pila de platos.
— Vaya —susurró Alina acercándose a Lucía—. No bromeabas cuando dijiste que la familia venía en paquete. ¿Trajiste a la reina madre?
— Quiso venir —susurró Lucía de vuelta—. Pórtate bien.
El desayuno fue un caos alegre. Matilde, lejos de sentirse incómoda, se sentó en una de las sillas de plástico y ayudó a servir la leche. Los niños la miraban con curiosidad al principio, tocando la tela suave de su abrigo, pero pronto la aceptaron como una "abuela nueva".
— Este orfanato... —comentó Matilde mientras observaba a los niños comer—, podría ser nuestro primer proyecto en la Fundación Vega, Lucía.
Lucía la miró, sorprendida.
— ¿De verdad?
— Sí. Veo que le hacen falta arreglos urgentes —dijo Matilde, señalando una mancha de humedad en el techo—. No podemos permitir que estos niños vivan con goteras. Le voy a pedir a Rodrigo que mande a un contratista mañana mismo. Quiero ver las instalaciones completas. ¿Me las muestras?
— Claro. Vamos.
Dejaron a Alina a cargo del desayuno y comenzaron el recorrido. Lucía le mostró los dormitorios, la cocina (que necesitaba una estufa nueva) y las aulas.
Pero lo que Lucía más deseaba era ver a sus niños.
Salió al patio trasero y allí estaban. Mateo y Sofía estaban sentados en los columpios, un poco apartados del resto.
En cuanto Mateo la vio, saltó del columpio en movimiento y corrió hacia ella con esa desesperación pura que solo tienen los niños que han esperado demasiado.
— ¡Viniste! ¡Lucía, viniste! —gritó, lanzándose a sus brazos.
Lucía lo atrapó en el aire, levantándolo y girando con él. Sofía llegó segundos después y se abrazó a su cintura.
— Les prometí que vendría —dijo Lucía, besando sus cabezas—. Perdón por la tardanza.
— Pensé que no ibas a venir nunca más —sollozó Mateo, escondiendo la cara en su cuello.
— Jamás, mi amor. Jamás los dejaría. Ustedes son míos.
Matilde observaba la escena desde unos pasos atrás. Veía cómo el rostro de Lucía cambiaba, cómo se iluminaba con un amor maternal feroz y absoluto. Veía cómo esos dos niños la miraban no como a una benefactora, sino como a su mundo entero.

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