Capítulo 73
- Creo que me voy a quedar estudiando, Alexander -dijo ella, mirando hacia la pila de papeles en su escritorio-. No creo volver a la mansión hoy.
Perdería una hora en el viaje y necesito aprovechar el impulso. Tengo una cama arriba.
Alexander la miró. Sabía que ella esperaba que él se fuera, que volviera a su cama cómoda en la mansión.
Pero la idea de dejarla sola le resultaba inaceptable.
- Me quedaré contigo -dijo él con sencillez.
Lucía parpadeó.
- ¿Qué? No, Alexander. No tienes que hacerlo. Es tarde, y el sofá de arriba es peor que el de la mansión.
- Me quedaré y te ayudaré -insistió él, poniéndose de pie y quitándose el saco del traje, colgándolo en el respaldo de la silla-. No vas a entender esos balances sola, Lucía. Necesitas un traductor. Y soy el único que habla "De la Vega" con fluidez.1
Lucía lo miró, buscando algún rastro de burla o condescendencia, pero solo encontró determinación.
- ¿Harías eso por mí?
- Lo hago por la empresa -corrigió él, aunque sus ojos decían otra cosa-. Y porque si vas a ser mi jefa, prefiero que seas una jefa competente.
Alina soltó una risita, subiendo las escaleras.
- Yo sí estoy muy cansada, me voy. Los voy a dejar solitos en su noche de estudio. No hagan mucho ruido discutiendo sobre el capitalismo. ¡Buenas noches!
Cuando Alina desapareció, el silencio de la clínica los envolvió.
Alexander se arremangó la camisa blanca impecable hasta los codos y aflojó su corbata.
- Bien, Presidenta. Vamos a tu oficina.
Se sentaron juntos frente al escritorio pequeño.
Alexander acercó una silla de plástico y se sentó al lado de ella, tan cerca que sus brazos se rozaban. El olor de su colonia, mezclado ahora con el cansancio del día, era embriagador.
- ¿Por dónde quieres empezar, Lucía? -preguntó él, abriendo la carpeta roja.
Lucía lo miró, sintiéndose repentinamente pequeña ante la montaña de papel.
- Por el principio -dijo-. ¿Cuáles son mis obligaciones? Quiero saber qué se espera que haga el lunes por la mañana cuando entre por esa puerta.
¿Cuáles son mis tareas?
Alexander asintió. Era una pregunta inteligente.
- Tu primera tarea es no dejar que te intimiden.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.