Capítulo 75
- Creo que es ella -susurró Lucía a sus colegas.
- Tiene buena mano -coincidió Luis-. Y se ve que tiene hambre de aprender. Cómo es su primer trabajo, podemos moldearla a nuestra forma de trabajar.
- Aprobada -sentenció Alina.
Lucía se giró hacia Camila con una sonrisa.
- Estás contratada. Empezarás un periodo de prueba de tres meses bajo la estricta vigilancia de Luis. Él será tu mentor. Bienvenida a la Clínica Flores.
La chica casi llora de emoción.
Alexander, desde su rincón, asintió satisfecho. Una mujer joven, inexperta y ocupada. Cero amenaza.
Una vez resuelto el tema del personal, Lucía sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros, pero otro más grande caía inmediatamente:
VegaCorp.
Se despidió de Luis y Alina, prometiendo mantenerse en contacto diario, y salió con Alexander hacia el coche.
- Gracias -le dijo Lucía cuando el auto arrancó-.
No sé cómo hiciste para conseguir candidatas tan rápido, pero me has salvado la vida. Ahora puedo concentrarme en... el desastre.
- No es un desastre, es una empresa -corrigió Alexander-. Y vas a aprender a manejarla.
- ¿Qué tienes planeado hoy? -preguntó ella-.
Supongo que tienes que ir a la oficina.
- No -respondió él tranquilamente-. He suspendido todas mis actividades y reuniones en la empresa.
Lucía se giró para mirarlo.
- ¿Cómo?
- He delegado todo lo delegable y pospuesto lo importante. Mi agenda está vacía hasta que finalicen los diez días que tienes para firmar.
- Alexander... eso es demasiado. No puedes detener tu vida por mí.
- No detengo mi vida. Estoy invirtiendo en la estabilidad de la compañia. Si tú firmas sin saber, el riesgo es para todos. Así que, durante los próximos días, soy tu tutor a tiempo completo. Vamos a la mansión. Tenemos una biblioteca entera esperándonos.
Al llegar a la Mansión De la Vega, no perdieron el tiempo. Se instalaron en la biblioteca principal, una habitación de dos pisos con estanterías de roble y olor a cuero antiguo y sabiduría. Alexander desplegó los documentos sobre la mesa central y comenzaron la sesión.
Pero esta vez, no estaban solos.
A media mañana, la puerta se abrió y Augusto entró, caminando despacio con su bastón.
- ¿Se puede saber qué conspiran aquí encerrados?
-preguntó el abuelo, con una sonrisa traviesa.

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