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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 76

Capítulo 76

CAPÍTULO 40

La oficina de Rodrigo De la Vega se convirtió en el búnker de la resistencia.

Roberto De la Vega, sentado en el sillón principal como si fuera un trono que se negaba a abdicar, miró fijamente a Fernando Castillo. El abogado estaba de pie, nervioso, ajustándose una corbata que parecía asfixiarlo. Rodrigo caminaba de un lado a otro, su actividad favorita últimamente.

- Fernando -dijo Roberto con voz grave-, necesitamos que la mantengas controlada. Eres el Director Legal, por ahora. Todos los papeles pasan por ti.

- Lo sé, Roberto -respondió Fernando, pasándose un pañuelo por la frente-. Pero no es tan sencillo.

- ¡Tiene que ser sencillo! -explotó Rodrigo, deteniéndose-. Que la vigilen. Pon a tu gente de confianza en su secretaría. Quiero saber qué lee, con quién habla y, sobre todo, qué documentos pide.

Fernando soltó una risa seca y desesperada.

- Será muy difícil, Rodrigo. Alexander no la deja ni un segundo. Se ha convertido en su sombra. На suspendido su agenda para ser su perro faldero.

- Veremos -dijo Roberto, entrelazando los dedos -. Hay que intentar romper ese lazo de alguna forma. Si Alexander la protege, ella es intocable. Si logramos que Alexander desconfíe de ella, o que ella se canse de él... ahí es donde entramos nosotros.

Rodrigo se dejó caer en el sofá, frotándose las sienes.

- El problema es el tiempo, papá. No tenemos tiempo para juegos psicológicos largos. Lucía ni siquiera asumió la presidencia formalmente y ya me amenazó con una auditoría en la biblioteca de la casa. ¡Me lo dijo en la cara!

-¿Una auditoría? -Fernando abrió los ojos-. Eso es peligroso.

- Peligroso es poco -gruñó Rodrigo-. Dijo que mis gastos operativos eran "inconsistentes". Esa mujer tiene ojo para los números, o Alexander le está soplando todo al oído. Ni Alexander me controló tanto estos últimos años como ella pretende hacerlo en su primer día. Si entra a los libros contables con esa lupa... nos va a destruir.

- Entonces que firme -dijo Roberto con frialdad -. Deja que firme hoy. Que se sienta segura. Y cuando crea que tiene el control, le quitaremos el piso de abajo.

Rodrigo sacó su celular. Tenía un mensaje de texto de su esposa que había llegado hacía unos minutos.

[Organicé una sorpresa para la nueva presidente.

Será inolvidable] Rodrigo frunció el ceño y tecleó rápido:

[¿Qué hiciste, Elisa? No es momento de cometer errores] La respuesta llegó al instante, acompañada de un emoji de guiño que a Rodrigo le pareció siniestro.

[Ya lo verás. Quédate tranquilo. Solo me aseguré de que su debut sea... impactante] Rodrigo guardó el teléfono, sintiendo una mezcla de esperanza y terror. Esperaba que no saliera mal la sorpresa de su esposa. Elisa podía ser brillante, pero a veces su sed de venganza la volvía imprudente.

Mientras los buitres conspiraban en la torre, en la mansión y en la clínica, los diez días de plazo legal transcurrieron con una velocidad vertiginosa.

Para Alexander y Lucía, fueron días de inmersión total. Vivían en una burbuja de café, balances y estatutos. Alexander descubrió, para su sorpresa, que enseñar a Lucía no era una carga, sino un desafío estimulante. Ella no aceptaba las respuestas prefabricadas; cuestionaba el "por qué" de cada procedimiento, obligándolo a él a repensar estrategias que daba por sentadas.

Lucía, por su parte, descubrió que detrás de la fachada de frialdad y arrogancia de Alexander, había una mente brillante y paciente. Él nunca la hizo sentir inferior por no saber algo. Le explicaba las cosas tres veces si era necesario, usando metáforas de anatomía animal hasta que ella entendía el flujo del capital.1

Descubrieron que trabajaban muy bien juntos. Sus mentes encajaban. Donde él era agresivo y numérico, ella era intuitiva y humana.

Finalmente, llegó el día.

El día de la firma.

Llegaron a la Torre Vega. Esta vez, nadie detuvo a Lucía en la recepción. Los empleados se ponían de pie a su paso, murmurando "Buenos días, señora Presidenta".

Subieron al piso ejecutivo. La sala de juntas estaba preparada, pero esta vez no había multitud. Solo estaban los necesarios: Augusto, Fermando, Rodrigo y, por supuesto, Alexander.

El ambiente era solemne.

Fernando tenía los documentos desplegados sobre la mesa de caoba. Le temblaban ligeramente las manos al alisar el papel. La ironía de tener que facilitarle el ascenso a la mujer que había despreciado le estaba carcomiendo el hígado.

- Todo está en orden -dijo Fernando con voz neutra, sin mirar a Lucía a los ojos-. Las cláusulas han sido revisadas según las indicaciones del señor Alexander. Solo falta la firma al pie de la página veinte y las iniciales en cada hoja.

Lucía se acercó a la mesa. El documento parecía pesar una tonelada.

Miró a Augusto, que le sonrió desde la cabecera con orgullo.

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