Capítulo 97
Lucía miró sus manos entrelazadas en su regazo. La alianza de matrimonio brillaba en su dedo, y junto a ella, el enorme diamante que Alexander le había puesto hacía unos días.
- Es complicado -dijo ella.
- Tenemos tiempo. El tráfico está parado.
Lucía suspiró, recostando la cabeza en el asiento.
- Al principio... fue por el contrato. O por la idea que yo tenía del contrato. ¿Cómo iba a explicarle a otras personas el hecho de que estaba casada legalmente con un hombre que no veía, pero que a la vez era un matrimonio especial?
Se giró hacia él.
- No soy buena mintiendo, Alexander. Si conocía a alguien, ¿qué le decía? "Hola, me gustas, pero tengo un marido millonario en un ático que paga mis estudios". Nadie aceptaría eso. Y no quería relaciones furtivas. No quería ser la mujer que esconde el anillo en el bolso.
Alexander sintió una punzada de culpa. Él nunca se había quitado el anillo, pero tampoco había dejado que eso le impidiera vivir su vida. Ella, en cambio, había cargado con el peso de la honestidad - Podrías haber pedido el divorcio antes -dijo él -. Si querías rehacer tu vida.
- Podría. Pero no lo hice. -Lucía miró por la ventana, viendo las luces de la ciudad desenfocadas -. Y la verdad, Alexander, es que el contrato fue solo una parte. La excusa perfecta. La razón real es más... patética.
- ¿Cuál es?
- Que después de lo que me pasó ese día... -La voz de Lucía se quebró ligeramente-. Después de ver a Fernando, el hombre con el que había compartido toda mi vida, con el que había planeado una vida, dejándome tirada como si fuera basura para irse con otra por dinero... algo se rompió dentro de mí.
Lucía se abrazó a sí misma, un gesto de autoprotección inconsciente.
- No quise saber más nada con los hombres. Perdí la confianza. Pensaba: "Si Fernando, que me conocía, que sabía mis sueños, pudo hacerme esto...
¿qué me hará un extraño?". Me cerré. Me dediqué a los animales. Ellos no traicionan. Ellos no te dejan por una mejor oferta. Mi clínica y los niños del orfanato llenaron ese espacio. No necesité a nadie más.
Alexander escuchó cada palabra como si fuera una sentencia. Sintió el dolor de ella, un dolor antiguo y cicatrizado, pero aún sensible. Y sintió una rabia volcánica hacia Fernando Castillo. Ese hombre no solo le había robado el dinero y el tiempo a Lucía; le había robado su capacidad de confiar, su juventud emocional.
Extendió la mano derecha y cubrió las manos de ella, apretándolas con fuerza.
- Entiendo -dijo con voz ronca-. Lo siento, Lucía. Siento no haber estado ahí. Siento haber sido solo una firma en un cheque y no... un compañero.

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