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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 15

Damián

Luego de unas cuantas horas, he llegado a Hawái. Subo a otra camioneta y trato de contenerme para no matar a mis hombres. Hablaré con ellos en privado. Primero hablaré con Daniela, quien tiene mucho que explicar.

Cuando llego al hotel, lo primero que me encuentro es a mi hermana con la mirada baja. Camino hasta ella y la obligo a verme a los ojos, que están rojos. También noto el miedo que tiene.

—Lo siento. —Una lágrima se le escapa.

Estoy furioso, tanto que no la voy a mimar como siempre.

Entramos al ascensor. Por fortuna, estamos nosotros dos y tres de mis guardaespaldas.

—Solo te pedí una cosa, Daniela, ¡¿por qué no pudiste cumplirla?!

Se sobresalta y comienza llorar más fuerte.

—Lo siento, Damián, todo fue muy rápido. Ella estaba con nosotras y luego dijo que iría al baño, luego unos de los escoltas al ver que ella se movió de nuestro lado fue a donde se encontraban los baños para vigilar, pero Nella desapareció…

—¿Desapareció? —pregunto con sarcasmo—. ¡¿Quién desaparece frente a sus narices?!—Continúa llorando—. Si estaba contigo, ¡¿por qué no la acompañaste al baño?!

Niega.

—No lo sé, me confié. —Me mira con sus hermosos ojos rojos.

¡Mierda! No puedo verla así, por lo cual la abrazo fuerte, y ella comienza a llorar de nuevo.

Las puertas se abren y salimos.

Daniela me sostiene de la mano con fuerza y me contempla.

—No vayas a gritarle, por favor. Está muy sensible. No sabes por lo que tuvo que pasar.

Trago grueso y me separo de ella para entrar. La habitación está sola. El sonido del agua me hace comprender que está en el baño. Escucho su llanto desde donde me encuentro.

«¿Qué le hicieron?», esa pregunta ronda en mi cabeza.

Tomo asiento en la cama y sujeto mi rostro. No voy a poder controlarme, estoy enojado. Quiero golpear a alguien. Sabía que ella no debía venir y no hice nada para impedirlo.

Llevo ya más de media hora esperando a que ella salga. Estoy que entro al baño a exigirle una explicación. Me preocupa que aún no deja de llorar. ¿Qué tan malo pudo haber sido? Quizá esté asustada. Qué incompetentes son mis escoltas. Esto les saldrá costoso a cada uno.

Me coloco de pies, dispuesto a entrar, cuando escucho que cierra el grifo. Después de un rato, ella sale envuelta en una toalla. Sus ojos están rojos e hinchados.

Al verme, se sobresalta.

Empuño mis manos justo cuando miro su labio partido. Camino hasta ella y quito la toalla de su cuerpo. Me mira asustada. Observo cada parte de él. No tiene nada. No tiene marcas. Al parecer, está bien.

Parpadeo y luego niego al tener esos pensamientos perversos en estos momentos, cuando no es ideal.

«¡Compórtate, imbécil! ¡No es momento para suciedades, infeliz!», me reprendo.

Ella me baja la mirada.

Sujeto su mentón. Necesito que me mire a los ojos, no al suelo.

—Preguntaré una sola vez, y tú vas a responder. —Su mentón comienza a temblar—. ¿Qué fue lo que pasó? —Intenta llorar. Al ver que no se lo permito, le pone control a su llanto—. ¡Háblame, Antonella! —Se vuelve a sobresaltar. ¿Qué le pasa? No dice nada. Aquel silencio me inquieta y hace que me desespere más de lo que estoy—. No vine hasta aquí para ver cómo te quedas muda. Necesito que hables. Necesito saber qué pasó, qué te hicieron… —Respiro profundo por su silencio—. ¡Antonella, habla! —bramo.

«Contrólate, Damián».

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