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Clases de amor, para el diablo romance Capítulo 16

Antonella

Ha transcurrido tres semana desde el incidente en Hawái. Ese mismo día que llegó Damián allá, me trajo de vuelta a casa. Por primera vez no opuse resistencia. Quería salir de ese lugar y estar en casa. Mis padres aún no saben lo que pasó, y mis hermanos menos. Si se llagasen a enterar, lo culparán a él.

Daniela volvió a su hogar y la madre de Damián llegó ayer de sorpresa.

Ahora me encuentro en mi cama acostada. Damián está frente a mí, completamente desnudo. Mis ojos no pierden detalles de ese escultural cuerpo. Me deleito con la vista que me ofrece. Admiro sus cuadros bien marcados, sus pectorales firmes y su… su gran cosa bien armada, apuntando en mi dirección. Las mejillas me arden de vergüenza y mis ojos se mantienen bien abiertos. Aunque me da un poco de pena, no puedo evitar morder mi labio tras sentir el deseo que crece dentro de mí por él.

Damián sonríe con picardía y sube sobre mí. Acaricio su pecho con delicadeza y absoluta admiración. Recorro todo su abdomen sin disimular un poco mi deseo y vuelvo la vista a su rostro. Me encuentro con esos perfectos ojos verdes que me reclaman. Damián sube mi vestido y lleva su mano entre mis piernas; sus dedos rozan la tela que cubre mi intimad, y siente de esa forma la humedad que habita allí. Se me escapa un gemido de mis labios, ocasionando que Damián se emocione más.

—Damián —susurro su nombre cuando siento los dedos rozar mi zona sensible.

Los pasa con suavidad entre mis labios vaginales, por lo que me remuevo debajo de él.

—Me encantas. —Me besa de esa manera salvaje como le suele gustar, hasta que lo alejo.

—Damián, yo tengo nervios —balbuceo—, no…

—Seré cuidadoso. —Sonríe de lado.

—No, es que es muy grande tu cosa.

Suelta la carcajada.

—Lo sé, pero luego de que esté dentro te encantará. —Niego asustada—. Confía en mí.

Vuelvo a negar.

—Espera, calma. Considero que eres… un poco bestia…

—Ya cállate, Antonella. Déjate llevar. Intentaré ser delicado. —Abro los ojos, y por esto se burla de mí—. Era broma.

Voy a protestar, cuando me calla con sus labios.

Correspondo y lo jalo más hacia mí. Adentro mis dedos entre su cabello liso, acariciándolo. Muerdo y succiono sus labios con algo de fuerza para hacerme sentir salvaje, supongo. Estoy excitada y muy decidida a entregarme ahora mismo a él.

Me separo para tomar aire.

Damián parecer ser que no quiere perder tiempo, por lo que hunde su rostro en mi cuello y me da besos. Aún con su mano en mi intimidad, me acaricia de esa manera sutil que me hace temblar y gemir.

—Ah, así.

Quita su mano y observa sus dedos brillar por mis fluidos. Los lleva a su boca y cierra sus ojos, disfrutando del sabor. Cuando los abre de nuevo, los clava en los míos y ríe con esa expresión perversa que me causa estremecimientos. Rasga mi hermoso vestido, dejando a la vista mis senos, que agarra y masajea. Juega con mi pezón hasta que se lleva lo lleva a la boca; succiona y gime fuerte. Me aferro a su largo cabello. Pasa la lengua por mi pezón y le da pequeños mordiscos. Desde hace mucho que él deseaba tenerme y ahora está por lograrlo, o eso pensaba.

El sonido de la puerta nos interrumpe.

—Damián, hijo —lo llama su madre.

—Un momento, mamá. —Se levanta—. No puedo salir así —señala esa cosa llamada pene.

—Yo voy. Ve a vestirte —Me levanto y voy en busca de un short y una camisa para poder salir.

Al estar lista, con mi pie meto debajo de la cama el vestido roto y camino hasta la puerta para abrir.

—¡Hola!

—Cariño, ¿dónde está Damián?

Él sale del vestidor y le da un beso a su madre en la mejilla.

—¿Qué sucede, madre? —Oculta su erección, que aún permanece firme.

—Trino se encuentra abajo, hijo. —Damián sale de la habitación y baja hasta donde se encuentra su amigo—. ¿Y ustedes están sordos? Estábamos llamando y no nos escuchaban.

Si supiera que estábamos centrados en otras cosas.

—Es que… platicábamos un tema y en realidad no escuchamos nada.

—Descuida, mi amor, suele ocurrir mucho.

Frunzo mi ceño al ver que Damián regresa tan pronto.

—¿Qué sucede? —pregunto al verlo.

—Yo los dejo solos. Saldré a la calle a visitar a unas amigas. Nos vemos para la cena.

Damiana se marcha, dejándonos a solas.

—Dije que pasaría contigo todo el fin de semana, pero me salió un negocio urgente.—Entra a la habitación.

—Está bien, ve, te espero aquí.

Niega.

—Tengo que irme de viaje por este fin de semana.

Enarco mi ceja.

—¿De negocios? —La idea de que se vaya por el fin de semana me irrita—. ¿O vas a verte con otra… mujer? —Me cruzo de brazos.

—Son solo negocios, te lo juro.

Retrocedo cuando intenta tocarme.

—¿Me juras? No jures algo que no podrás cumplir. Sé que te encontrarás con una mujer, quizá con la misma que te envió las flores.—Le doy la espada y subo a la cama para encender la tele y bajar un poco mi ira.

—¿Quieres ir conmigo? —Sube a la cama—. Me gustaría que me acompañaras en este viaje.

—Claro que voy a ir. No voy a dejar que ninguna perra se te acerque. —Me levanto rápido de la cama y camino hasta el vestidor para hacer maletas.

—Me encanta que estés celosa.

—¿Celosa yo? Ja, no te emociones, solo cuido que ninguna mujer se acerque a mi esposo. —Guardo mi ropa. Entretanto, él se cambia.

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